Panamá rompe la maldición africana y ya sueña en voz alta con el mundial 2026
El balón aún calentaba la hierba del DHL Stadium cuando Jiovany Ramos clavó la cabeza y la esperanza de un país entero. El 1-2 sobre Sudáfrica no es solo la primera victoria de Panamá en suelo africano; es la certificación de que este equipo dejó de ser la sorpresa para convertirse en la amenaza.
Una jugada que vale más que tres puntos
El gol llegó en el minuto 77, cuando la defensa sudafricana aún celebraba su propio empate. José Luis Rodríguez sacó de la banda como quien despide un mensaje urgente: centro raso, Ramos se lanzó entre dos rivales y la pelota besó la red antes de que Renaldo Leaner pudiera articular un grito. En la banda, Thomas Christiansen no celebró; simplemente miró el reloj y dio dos órdenes: replegar y respirar.
El partido había empezado como un ensayo de lo que vendrá en el Mundial. Sudáfrica salió a morder con la velocidad de Moremi y la verticalidad de Hlongwane; Panamá respondió con una línea de cinco que parecía dibujada con regla y con la paciencia de quien sabe que el gol llega cuando el rival se despega. Así fue. En el 58, José Córdoba empujó un balón suelto y, de paso, la historia.
Lo que nadie cuenta es que el empate local llegó cuando el cronómetro marcaba 64 y el cansancio empezaba a hacer agujeros en la zaga canalera. Mbokazi Mbekezeli recibió, giró y disparó desde 25 metros. La pelota se coló por la escuadra como quien encuentra la rendija de una cerradura. El empate duró trece minutos. Trece minutos que Panamá usó para recordarse que ya no se conforma con empatar.

La revolución silenciosa de christiansen
Hay una foto que circula por WhatsApp: el once inicial de Panamá con promedio de 25 años y tres titulares que apenas suman diez partidos en Europa. El cambio de ciclo no se anunció en rueda de prensa; se consumó en el césped. Orlando Mosquera atajó cuando hizo falta, Adalberto Carrasquilla distribuyó como quien reparte invitaciones a un futuro mejor y Ismael Díaz se convirtió en el imán que desacomoda defensas.
El dato habla por sí solo: Panamá encajó solo un gol pese a que Sudáfrica disparó doce veces. La defensa de cinco no es catenaccio; es un pacto de sangre entre centrales que se conocen desde las categorías inferiores. Jiovany Ramos y José Córdoba marcaron los goles, pero también despejaron once centros y cortaron seis contraataques. Aquí no hay héroes; hay un sistema que funciona porque todos corren por el otro.
En el banquillo, Christiansen movió las piezas con la frialdad de un ajedrecista. Sacó a Kadir Barria al descanso, metió a José Fajardo y el partido se inclinó. Luego llegaron Cristian Martínez y César Blackman para sellar los huecos. El técnico danés no gesticula; murmura. Y sus murmullos empiezan a sonar como himno nacional.
Afrikaans, kiswati y la nueva lengua del fútbol
El DHL Stadium tiene una tribuna llamada Grand Stand que esta noche rugía en afrikaans. Cuando Ramos marcó, el rugido se cortó de golpe. Fue el mismo silencio que se oyó en Moscú 2018 cuando Román Torres paró el penalti a Boyd y Panamá certificó su billete al Mundial. Entonces se festejó la clasificación; ahora se celebra la certeza de que este equipo puede competir donde sea.
En la zona mixta, Córdoba habló con la voz quebrada: «Venimos a aprender, no a pasar vergüenza». La frase resume el espíritu de una generación que creció viendo al país sufrir goleadas y que ahora devuelve cada puntada con intereses. Sudáfrica fue solo la parada número 17 de una gira que incluye próximos amistosos contra equipos asiáticos y europeos. El objetivo no es ganar un partido; es desensamblar el miedo.
La cifra habla por sí sola: Panamá suma seis victorias en los últimos nueve partidos y solo ha perdido uno. La media de edad bajó tres años y la de goles encajados se redujo a la mitad. El Mundial 2026 está a 800 días, pero el tiempo se mide aquí en partidos, no en calendarios. Cada victoria es un escalón hacia la ilusión de repetir la hazaña de 2018 y, esta vez, no irse con cero puntos.
Cuando el árbitro Thabang Ketshabile pitó el final, los jugadores panameños se abrazaron en el círculo central como quien cierra un trato. En la banda, un puñado de aficionados ondeaba la bandera roja y azul. Eran menos de cien, pero sus gritos sonaban a estadio lleno. Porque este equipo ya no representa solo a un país; representa la certeza de que la próxima sorpresa del fútbol mundial habla español y sale desde Colón.