Panchito subió a la buseta y desapareció: 25 años de rastreos que nadie quiso pagar

A las 6:45 a. m. del 28 de marzo de 2001, Ángela Potosme ajustó la corbata del uniforme de su hijo, le dio el beso de rigor y lo visto subir al padrastro, Ronald Alvarado, quien fingió ser el conductor suplente. Panchito no llegó a clase. Tampoco regresó a la merienda. En el barrio San Rafael Abajo todavía suena el eco de esa puerta que se cerró para siempre.

La trampa dentro de la buseta

Los compañeros de seis años recordaron después que «el señor Ronny» les dijo que había una fiesta en Nicaragua y que Panchito «iba de vip». Nadie sospechó. En la escuela Luis Dobles Segreda los maestros marcaron ausencia; en la casa, Ángela preparó arroz con leche. A medio día, la buseta vacía. El país entero aprendió ese día que los monstruos no se esconden en el bosque: alquilan vehículos escolares.

El OIJ recogió 14 testimonios que ubicaron al niño y al padrastro cruzando Peñas Blancas con el mismo uniforme azul y la mochila de Bob Esponja. Luego, nada. Ni una grabación de aduanas, ni una huella. Como si la frontera se tragara a los dos y devorara solo a uno.

Sentencia de dos años, agonía de veinticinco

Sentencia de dos años, agonía de veinticinco

En 2003 el Tribunal de Desamparados dictó 24 meses por «sustracción de menor». No mencionó desaparición forzada, no valoró trata, no preguntó por el cuerpo. Alvarado salió en 2005, se mudó a Chacarita y abrió un taller de motos. Ángela, mientras tanto, recorre desde entonces los hospitales de Granada en Semana Santa, repartiendo fotos que el OIJ envejeció con software. «¿Lo ves? Tiene una cicatriz en la ceja», pregunta a los porteros, a los curas, a los presos. La respuesta siempre es un cabeceo compasivo y otra puerta que se cierra.

La última pista seria llegó en 2018: un televidente de Matagalpa juró haber visto a un joven «con el mismo hoyuelo». Ángela vendió la nevera para pagar el viaje. Regresó con un frasco de tierra y un rosario de plástico. «Al menos ya sé cómo huele la calle donde podría estar mi hijo», me dijo entonces, mientras su dedo índice temblaba sobre la foto impresa.

El retrato que envejece más rápido que la esperanza

El retrato que envejece más rápido que la esperanza

El OIJ actualiza el retrato progresivo cada cinco años. El último lo entregó en 2022: Panchito tendría hoy 31, barba de tres días y cicatriz en el labio que la computadora inventó. Ángela lo pegó sobre el televisor; la pantalla se rompió cuando un vecino dijo «esa cara no es la de Panchito». Ella lo arregló con cinta adhesiva y sigue viendo la misma telenovela, por si acaso aparece de extra.

El expediente lleva 1.842 fojas y duerme en un sótano inundado de Tribunales. El polvo ha borrado huellas mejor que cualquier delincuente. La ley 9048 sobre búsqueda de desaparecidos llegó. en 2023. Demasiado tarde para exigir cárcel a Alvarado, demasiado pronto para olvidar.

Mientras tanto, Ángela cumple 64 con carbón en los pulmones y diazepam en el bolsillo. «La esperanza no duele; lo que arde es la rutina», confesó la semana pasada, cuando le llevé una ponja de pan. En la sala cuelga la corbata de Panchito, del tamaño de un suspiro, y una etiqueta bordada: «1.º B». Cada año, cuando empiezan clases, ella la plancha. Planchar es lo único que le queda por hacerle a un hijo.

Costa Rica olvidó el caso hasta que la prensa necesita un titular triste. Panchito sería hoy un hombre que podría votar, trabajar, tener hijos. En cambio, es una cicatriz nacional que nadie quiere revisar. Ángela ya no pide justicia; reclama un esqueleto, una ceniza, una palabra. Mientras, la buseta sigue estacionada en algún taller destartalado y Alvarado reparte volantes para su nuevo negocio de alquiler de baterías. La sentencia de dos años se le acabó hace dieciocho. La de Ángela sigue corriendo, sin beneficios de ley ni fecha de salida.