Payasos bloquean la paz: la guerra por la 'hora cívica' que deja sin sustento a 8 de cada 10 bolivianos

Las narices de goma ya no hacen reír. Este lunes, entre trompetas desafinadas y zapatones rojos que golpeaban el asfalto como tambores de guerra, un batallón de payasos, bordadores y fotógrafos tomó el centro de La Paz para defender el último filón de ingresos que les queda: las fiestas escolares. El gobierno quiere cancelar la 'hora cívica' —ese recreo ritual donde los niños celebran a sus madres, padres o a sí mismos— y la respuesta callejera fue un mar de pelucas multicolores bajo la lluvia.

El 80 % que vive del día a día

Detrás del maquillaje blanco hay una economía entera que sobrevive a la intermperie. bolivia cierra 2025 con la inflación más alta desde 1988 (20 %) y más de ocho de cada diez trabajadores facturan sin contrato ni seguridad social. Para ellos, cada Día del Niño es un Black Friday: Andrea Alanoca alquila 70 trajes de danza folclórica a 15 dólares la pieza; Rocío Lobo retrata a 400 alumnos en dos colegios y factura lo que le permite pagar la luz del mes; Wilder Ramírez, alias 'Zapallito', improvisa un show de magia que deja 80 bolivianos en su bolsillo. La resolución ministerial 0034/2025, que ordena 'garantizar 200 días efectivos de clases', borra de un plumazo esas fechas redondas del calendario.

El Ministerio de Educación se defide con un comunicado lacónico: 'comprendemos la preocupación'. Pero en la plaza Murillo la única cara visible es la de Beatriz García, la ministra convertida en blanco de carteles que la tildan de 'asesina de la cultura'. El 19 de marzo pasado —Día del Padre— las escuelas abrieron y cerraron como si fuera un martes cualquiera. Ni un globo, ni un algodón de azúcar, ni el clic de una cámara. La cadena de frío económico se rompió en cadena: la chocolatera no vendió tabletes, la costurera no arregló tutús, el fotógrafo no reveló una sola foto.

La guerra del tiempo robado

La guerra del tiempo robado

El gobierno habla de 'días efectivos'; los manifestantes, de 'horas de vida'. La dicotomía resume el choque de dos Bolivias que ya no se entienden. Mientras el ministerio suma días lectivos para alcanzar estándes internacionales, la calle suma horas de hambre. La última vez que la OIT midió la economía informal, la aguja ya marcaba 82 %. Con la devaluación del boliviano y el dólar paralegal rozando los 9 bolivianos, cada festividad cancelada es un día menos de supervivencia.

En la esquina del Prado, 'Zapallito' se quita la nariz de goma y la aprieta como si fuera un stress ball. 'No estamos pidiendo un subsidio, solo que nos dejen trabajar', dice mientras enjuaga su cara pintada con agua de una botella descorchada. A sus pies, un cartón rezaba: 'Sin fiestas escolares, ¿de qué vive mi hijo?'. La pregunta no es retórica: la respuesta se llama desempleo, emigración o, peor, el narcotráfico que acecha en los barrios altos de El Alto.

El diálogo prometido por el ministerio empezó ayer a las 15:00 en una sala sin aire del edificio administrativo. Salieron cuatro horas después con un pre-acuerdo que nadie firma: la carrera educativa se niega a ceder días lectivos y los payasos se niegan a desaparecer. Entre medio, el calendario escolar sigue su curso y el 12 de abril —Día del Niño— se aproxima como una sentencia. Si la ministra García mantiene la resolución, la próxima marcha promete ser menos colorida y más sucia: los propios padres, sin caretas, ya advirtieron que se sumarán con cacerolas. La batalla por la 'hora cívica' acaba de empezar y, por ahora, el único resultado tangible es una fila de zapatones rojos abandonados en la plaza, como botas después de una guerra que nadie se atrevió a declarar.