Perú blinda su turismo contra la crisis climática con economía circular
El Gobierno de Perú acaba de convertir la sostenibilidad en ley. El 27 de marzo, el decreto supremo 003-2026-MINCETUR obligó a hoteles, agencias y restaurantes a operar bajo una economía circular que reduzca plásticos, agua y energía antes de que el reloj marque 2030. No es un manual voluntario: el texto asigna responsables con nombre y apellido y amenaza con revisiones anuales que podrán modificar reglas sin avisar.
La hoja de ruta que nadie firmó pero todos pagarán
La jugada maestra del Ejecutivo fue aprobar la medida sin pedir un sol adicional al Tesoro. Cada ministerio deberá absorber el costo con su propio presupuesto, lo que convierte a MINCETUR y MINAM en auditores y financiadores de un cambio que prometen “justo y coordinado”. La trampa: si un hotel incumple, la multa no aparece en el decreto; la sanción llegará por resolución ministerial que podrá nacer mañana y valer ayer.
El texto obliga a la Dirección General de Políticas de Desarrollo Turístico a tejer alianzas con gremios privados, pero omite sanciones concretas. La presión vendrá del mercado: quien no recicle botellas o no ofrezca menús con productos locales quedará fuera de catálogos internacionales que ya exigen certificados verdes. El mensaje es claro: adaptarse o desaparecer.
La medida se publicó tras una consulta pública que, según el propio informe, recibió apenas 47 comentarios. Entre ellos, la Cámara de Turismo de Lima advirtió que los pequeños hospedajes no tienen capital para instalar plantas de tratamiento. La respuesta del Estado fue incluir un anexo que “invita” a bancos a ofrecer líneas de crédito verde, pero no los obliga.

El plástico desaparece en ocho años o el país pierde branding
La promesa de eliminar plásticos de un solo uso en hoteles y restaurantes antes de 2030 suena a slogan hasta que se revisan las cifras: Perú genera 800 000 toneladas de residuos plásticos al año y el 19 % proviene del turismo costero. Si la cadencia no se acelera, Machu Picchu podrá ser fotografiada sin pajillas, pero el río Vilcanota seguirá llevando microplásticos hacia el Atlántico.
El decreto incluye un mecanismo de revisión anual que permite cambiar metas por resolución ministerial. Esa puerta giratoria es la clave: si un nuevo gobierno decide suavizar plazos, bastará con la firma del titular de MINCETUR y la venia de MINAM. La ambición, entonces, queda en manos de la voluntad política del turno siguiente.
El verdadero gancho está en el aprovechamiento de recursos: cada kilo de comida local que se sirva en lugar de importar langosta congelada deja en el país 2,3 dólares que antes volaban a Miami. Multiplíquese por 4,5 millones de turistas al año y se obtiene un fondo de resiliencia que, bien administrado, puede financiar hasta el saneamiento de la bahía de Paracas sin tocar el erario.
La economía circular llegó a Perú disfrazada de protocolo. Si funciona, el próximo viajero que llegue a Lima encontrará agua de la lluvia reciclada en sus duchas y un guía que cobra por enseñar a compostar. Si falla, el país seguirá vendiendo paisaje mientras su basura flota río abajo. El reloj ya corre: faltan 1 397 días para 2030 y el primer informe de avance se espera para diciembre de este año. La apuesta está hecha; el resultado se verá en la diferencia entre una botella rellenada y otra tirada.
