Perú desata la fiebre del cobre: 405 millones para un puerto que cambia el mapa minero

Lima firma este martes un cheque de 405 millones de dólares que no es solo infraestructura: es una apuesta geopolítica. El nuevo terminal de San Juan de Marcona, en Ica, convertirá a Perú en el tercer hub portuario de Sudamérica, después del Callao y Chancay, y desviará toneladas de poder hacia el Pacífico.

El contrato lo rubrica Proinversión con la Sociedad Concesionaria San Juan Port. La jugada: 47 millones de toneladas métricas de concentrados de hierro y cobre fluirán por dos muelles y tres amarraderos diseñados para granel, carga general y contenedores. La escala convierte al puerto en la válvula de escape de los megaproyectos mineros del sur, un corredor que hasta hoy dependía de rutas congestionadas y terminales obsoletas.

El empleo que se construye —y el que no se anuncia

El discurso oficial promete 1.500 puestos de trabajo en cinco años. La cifra habla por sí sola: apenas 300 plazas anuales para una región donde la minería mecanizada ha desplazado mano de obra local. El verdadero botín está en el Fondo Social: 290 millones de soles (82,8 millones de dólares) que se irán descontando de la concesión. Dinero que, en teoría, debe revertir en salud y educación, pero que en la práctica depende de la filigrana contractual y de la supervisión que ejerza una Autoridad Portuaria Nacional con historia de oscurecer balances.

La obra se fractura en cuatro fases. Primero, 271 millones para un muelle mineral que ya suena a hierro fundido y a créditos chinos. Luego, el muelle de carga general, los almacenes de expansión y, por fin, la consolidación logística. El cronograma es un reloj de arena: si el cobre baja de precio o si el conflicto social estalla —como ya ocurrió en Tía María o en Las Bambas—, los plazos se desinflan y los inversores presionan.

¿Por qué ahora y por qué aquí?

¿Por qué ahora y por qué aquí?

La clave está en la reforma que el Estado peruano se autoimpuso: liderar grandes inversiones estratégicas sin esperar al capital privado que nunca llega solo. San Juan de Marcona es la prueba de fuego de esa nueva hoja de ruta. El Gobierno necesita divisas, la minería necesita salida al mar y China —a través de constructoras y bancos— necesita garantizar el flujo de cobre que alimenta sus fábricas. El triángulo se cierra en Ica, a 230 km de Nazca, donde las línicas de los desiertos ya dibujan rutas de contenedores.

Lo que nadie cuenta es que, mientras Lima firma contratos, la población de Marcona sigue sin agua potable 24 horas y los pescadores artesanales ven cómo los dragados modifican la batimetría de sus caladeros. El puerto promete modernidad; el territorio, por ahora, solo recibe promesas.

El martes terminó con un brindis en la sede de Proinversión. Afuera, la bruma costera cubría el Pacífico. Dentro de cinco años, si el cobre sigue por encima de los tres dólares la libra, esa bruma será el vapor de los 47 millones de toneladas que zarparán hacia Shanghai. Si no, San Juan de Marcona será un muelle fantasma más en la geografía del boom que nunca llegó.