Perú enciende los micrófonos: 13 candidatos se disputan el voto en un debate que puede hundir o catapultar
Las luces del Centro de Convenciones de Lima se encienden a las 20:00 horas del lunes 30 de marzo y con ellas se dispara el cronómetro de una campaña que hasta ahora ha sido más insulto que idea. Trece aspirantes al sillón de Palacio se sentarán frente a cámaras que alcanzarán cada rincón del país. El objetivo: convencer en 90 minutos a un electorado que ya no cree en promesas y que mira el reloj con la misma desesperación con la que mira la inflación.
El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) ha decidido que la economía, el empleo y la educación sean los ejes de esta segunda ronda de debates. Un giro deliberado hacia la urgencia cotidiana: el 75 % de los peruanos trabaja sin contrato y el 42 % de adolescentes no alcanza el nivel mínimo en comprensión lectora. La pregunta no es qué proponen, sino cómo lo financiarán sin repetir el guión de siempre: deuda, ajuste y paquetazo.
El bloque a se juega el primer asalto
Keiko Fujimori aparece con la yugular expuesta: lleva dos procesos por lavado y necesita despejar la sombra de Odebrecht antes de que el elector le cierre la puerta. Frente a ella, Rafael López Aliaga repite su mantra de “mano dura y bolsillo suelto”, mientras sus asesores le susurran que Lima ya no cree en milagros. Carlos Jaico y George Forsyth pelean por el mismo voto urbano de clase media que se fue a lavar platos a Miami. Fiorella Molinelli, la única que ha administrado un ministerio, tendrá que explicar por qué la reconstrucción de Chinchao avanza a paso de tortuga.
La novedad la trae Yonhy Lescano: abandonó la comodidad del Congreso para probar suerte fuera de la coalición de centro que lo parió. Su reto: demostrar que no es un pasante de la socialdemocracia que olvidó el sur. En la otra orilla, Fernando Olivera cargará con la memoria de los videos de Vladi y tratará de vender que ya no es el mismo que pactó con Montesinos. El público, entre bostezos, contará los minutos.

El formato que castiga el verso
El JNE ha impuesto un cronómetro implacable: dos minutos de exposición, 30 segundos de réplica y cierre de 45. No hay lugar para el “vamos a trabajar en ello”. Cada candidato recibirá la pregunta exacta que su equipo teme. Si alguien se sale del guion, el moderador cortará el micrófono. La televisión abierta se ha negado a insertar publicidad durante el bloque: prefieren el rating de la pelea a la recaudación del spot.
La clave estará en el segmento de innovación y educación. El país que exporta minerales todavía importa talento. La apuesta: quién logre explicar cómo convertir a un joven de Huancavelica en ingeniero de datos sin que tenga que cruzar primero la frontera de Chile. El que lo logre, se llevará el aplauso y, quizá, el voto de los padres que ya no creen en la meritocracia.
Tras el lunes vendrán el martes y el miércoles. Trece nombres más se sumarán a la ruleta. Pero el daño —o el impulso— ya estará hecho. En la madrugada del 30 de marzo, cuando las cámaras se apaguen, Perú habrá escuchado por primera vez, sin cortina mediática, qué están dispuestos a sacrificar quienes sueñan con el balcón del Palacio. Y los que no convenzan, quedarán sepultados bajo el ruido de TikTok y el cansancio de un país que ya no da crédito.
