Perú entierra a manolo rojas entre aplausos, lágrimas y una camiseta de unión huaral

La bandera peruana flameó sobre el ataúd y el estadio Campo Fe se convirtió en un teatro de despedida. Miles de personas colapsaron la carretera a Huachipa para enterrar este domingo a Manolo Rojas, el humorista que durante tres décadas se metió en la cocina de los peruanos y les hizo reír de sus propias desgracias.

El cortejo fúnebre arrancó a las 09:00 horas y recorrió, como un episodio de despedida en serie, los tres canales que lo vieran nacer: América TV, Panamericana y RPP. En cada parada, los trabajadores salieron con globos blancos y fotocopias de sus personajes. A las 12:30, el féretro llegó al cementerio y la multitud estalló en un grito que sonó a golpe de pecho: «¡Manolo, Rojas, presente, carajo!».

Un hijo de huaral que regresó por la puerta grande

El viernes murió a los 63 años, víctima de un paro cardíaco que nadie esperaba. El sábado, su pueblo lo recibió con una banda de bronce y el himno de Unión Huaral, el equipo que llevó tatuado en el alma. En la plaza de armas de Huaral, el alcalde decretó luto oficial y los vecinos corearon «Huaral de mis amores», la ranchera que él mismo compuso para humillar a los limeños que se burlaban de su acento.

Su hermano Abel tuvo que calmar a los que pedían que se quedara en la tierra: «Lo trajimos para que todos lo vieran, pero sus hijos decidieron Lima. Respételo». La frase cortó el debate y la comitiva partió de vuelta a la capital con el cadáver y con la camiseta cremada del equipo que lo vio llorar y cantar.

En el cementerio, el hijo mayor subió al ataúd la camiseta número 9 y el público rompió en llanto. Cuando bajaron el féretro sonó «Amor eterno» de Juan Gabriel y la esposa, Mariela Zanetti, se desplomó. La auxiliaron entre aplausos y nadie se atrevió a silenciar la ovación: era la última función de Manolo y el público no iba a dejar que terminara en silencio.

El país que se ríe para no llorar perdió a su payaso de patio

El país que se ríe para no llorar perdió a su payaso de patio

Desde los 80, cuando Román Gámez lo sacó del café teatro y lo metió en «Hola, ¿qué tal?», Rojas se convirtió en el espejo deformante del Perú: se burló del cholo, del blanco, del presidente y del obispo sin pedir permiso. Inventó al Hermano Pablo, un pastor evangélico que cobraba por milagros, y al capitán PNP Jesús Pando, que vendía vacunas falsas. Cuando la gente se reía, olvidaba que estaba en la miseria.

En RPP, junto a Guillermo Rossini, convirtió el chisme en crónica política. Fue el primero en decir que Alberto Fujimori tenen orejas de burro en vivo y se escapó con una sonrisa. «Los Chistosos» se convirtió en el programa más escuchado del país y la censura nunca lo alcanzó porque se disfrazaba de payaso.

Ahora el micrófono está mudo y los memes no tienen dueño. El país que se despierta con crisis y desigualdad tendrá que encontrar otro bufón que le recuerde que todavía puede reírse. Mientras tanto, en Huachipa, la tumba de Manolo Rojas ya tiene fila: llevan cerveza, chifles y una camiseta de Unión Huaral para asegurarse de que el tipo que nos hizo reír de nosotros mismos no se quede sin público.