Philipsen atrapa la gloria en flandes con un sprint que olía a roubaix

Jasper Philipsen ha desencajado la mandíbula de la clásica flamenca. En la línea de meta de Wevelgem, el belga de 28 años ha culminado una jugada de alto riesgo que ni siquiera Van der Poel, su jefe de filas, creía posible tras la paliza del viernes en la Saxo Classic. La victoria huele a polvo de pólvora y a adoquines: Roubaix acepa dentro de siete días.

El sprint que nadie firmaba

Van der Poel se había ido con Van Aert y Sigaert a falta de diez kilómetros. El plan original era simple: que el holandés se juegue el triunfo en solitario y Philipsen guardara piernas. Pero el viento del North Sea y la falta de fuelle tras la Saxo lo dejaron solo a la intemperie. A 1.500 metros, el triple campeón mundial de ciclocross tiró de puños, miró atrás y vio que el pelotón tragaba la fuga. Entonces llegó la orden por radio: 'Ándale, ándale, que Jasper llega.'

El esprinter de Mol no necesitó repetírselo. Se coló entre los frenos, agarró la rueda de Geens y Sénéchal —dos debutantes que aún no saben que están escribiendo su propia leyenda— y soltó el acelerador a 200 metros de meta. El gesto fue tan seco que Tim Merlier y Dylan Groenewegen apenas alcanzaron a lamentarse. 4 h 23 min 54 s, velocidad punta de 74 km/h, y el brazo derecho en alto antes de cruzar el cartel luminoso.

El chantaje interno de alpecin

El chantaje interno de alpecin

En el bus del equipo, la cara de Christoph Roodhooft, el jefe, era un poema de sudor y alivio. «Hemos jugado al póker con dos ases y un comodín que no sabíamos que teníamos», confesó a los periodistas. La carta comodín era Philipsen, que llegó a Wevelgem con la moral por los suelos tras su 14º puesto en la Omloop Het Nieuwsblad. «Le dije a Mathieu: 'Si estás roto, dilo y me guardo'. Me respondió: 'Estoy roto, pero no tanto'. Ahí supe que la carrera era mía si llegaba al sprint.»

El dato que nadie firma: Alpecin ha ganado tres de las cinco clásicas belgas que ha disputado este año, pero ninguna gracias a su capitán. Van der Poel suma cero triunfos desde el 4 de marzo; Philipsen, dos. El silencio en el interior del equipo es tan tenso que hasta los mecánicos hablan en susurros cuando ven al holandés acercarse.

Roubaix, la bestia que quema sueños

El domingo que viene, el velódromo de Roubaix será la última oportunidad de redimirse para Van der Poel. Philipsen ya fue segundo en 2021 y 2022, y sabe que el pavé no perdona la vanidad. «He visto a Mads Pedersen llorar en el muro de Arenberg y a Sagan besar la losa de la victoria. Yo solo quiero besar la losa sin que mi nombre aparezca en la lista de los que nunca ganaron.»

Mientras, en Mol, los bares han colgado una foto de 1992: Johan Museeuu levantando los brazos en Wevelgem. Debajo, una leyenda en flamenco: «De sprint kan wachten, de hel niet». El sprint puede esperar, el infierno no. Philipsen lo sabe. El infierno se llama Roubaix y ya le ha reservado un asiento entre los adoquines.