Pizzaballa, bloqueado en el santo sepulcro: la misa que israel no dejó entrar

El cardenal Pierbattista Pizzaballa llegó hasta la puerta del Santo Sepulcro con la sotana al viento y la certeza de que bastarían diez minutos para bendecir el Domingo de Ramos dentro del edificio más frágil del cristianismo. Un cordón de policías israelíes le cerró el paso. No hubo empujones ni gritos; solo la frase cortante: “Orden militar, ninguna excepción”. En ese instante la liturgia se convirtió en un acto de resistencia y la guerra, en la antesala de la Pascua, tocó la piedra donde se dice que resucitó Jesús.

La misa que no pudo empezar

El latin patriarch of Jerusalem salió del patriarcado a las 08:15 acompañado únicamente por el franciscano Francesco Ielpo. No llevaban cruces procesionales ni fieles, tan solo los elementos mínimos: un misal, una hostia y la costumbre milenaria de celebrar la entrada de Cristo en Jerusalén dentro del mismo muro que la vio entrar. La versión oficial de Israel habla de “prohibición de reuniones en espacios sin refugio” tras el ataque iraní de la madrugada; la versión de la Iglesia, de “discriminación religiosa encubierta”. Lo cierto es que, por primera vez desde 1342, el Custodio de Tierra Santa no pudo tocar el Santo Sepulcro el Domingo de Ramos.

Netanyahu se apresuró a anunciar un “plan de seguridad para los cultos” en los próximos días. La promesa suena a parche cuando se comprueba que la alerta de misiles no impidió que centenares de judíos ortodoxos rezaran esta misma mañana junto al Muro de las Lamentaciones, a 400 metros del lugar donde calló un proyectil interceptado. La ecuación es demoledora: para unos, la seguridad; para otros, la sospecha permanente.

La piedra que se niega a callar

La piedra que se niega a callar

Pizzaballa no elevó la voz. Se limitó a declarar, con la calma que da quien ya ha visto cruces y espadas cambiar de sitio, que “el derecho al rezo debe preservarse respetando la seguridad de todos”. Fue una manera elegante de decir que la seguridad sin rezo es solo miedo organizado. Y que el miedo, en Jerusalén, acaba siempre por dibujar fronteras donde antes había puertas.

La anécdota dura lo que dura un titular, pero la fisura es más honda: si el Santo Sepulcro puede ser cerrado con un simple improvisado check-point, cualquier acuerdo de estatuto quo —ese fino hilo que desde 1967 mantiene la paz entre las confesiones— puede romperse con la misma ligereza. Esta Semana Santa no solo corre riesgo la liturgia; corre riesgo el equilibrio que permite a musulmanes, judíos y cristianos compartir una ciudad que todos llaman sagrada y que nadie se atreve a desarmar.

La próxima cita es el Viernes Santo, cuando la cruz vuelve a salir de la iglesia y recorre la Via Dolorosa. Si el cordón policial repite la escena, el Gólgota podría convertirse en el escenario más pequeño y más simbólico del conflicto más grande del Mediterráneo. Mientras tanto, Pizzaballa ya avisó: no pedirá permiso de nuevo. Irá. Y si le vuelven a cerrar la puerta, la misa se celebrará en la plaza, a la intemperie, con el mismo aire que hace dos mil años llenó de ramos de palma un camino de polvo.