Planas se lanza a la fao y pide a bruselas que pare la sangría de candidatos europeos

Luis Planas ha pisado Bruselas con la determinación de quien sabe que el reloj arranca ahora. El ministro de Agricultura se presenta como el candidato español a la FAO, pero hay un escollo: Europa ha convertido la carrera por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en un patio de recreo donde cada país lleva su propio balón. Italia lleva a Maurizio Martina, Irlanda a Phil Hogan y España a Planas. Tres. Tres aspirantes para un mismo sillón.

La negociación que nadie quiere

La negociación que nadie quiere

Planas lo dice sin rubor: «Soy el candidato del Gobierno español. Si al final hay una posición común europea, mejor». La frase suena a deseo, pero detrás hay una cuenta atrás silenciosa. Las elecciones son en julio de 2027 y la diplomacia agraria ya mueve fichas. El ministro sabe que cada mes que pasa sin un consenso europeo es un punto para China, que ya ocupa la secretaría general y aspira a renovar. «Experiencia política y gestión», repite como un mantra. Traducción: lleva cuarenta años en la primera línea del Estado y no necesita manual de instrucciones.

El verdadero drama no es la pugna interna. Es la caja. La FAO lleva tres ejercicios con aportes congelados. Los socios ricos pagan tarde y mal. La guerra de Ucrania disparó el precio de los fertilizantes y los países pobres aún no han recuperado niveles de producción. Planas lo resume con una cifra: el trigo subió un 38 % en 2022 y el fertilizante, un 199 %. «No es una crisis, es una trinchera», dice un asesor que le acompaña en la sombra. El ministro insiste en que España puede tender puentes con América Latina y África, pero en el pasillo del Justus Lipsius ya cuchichean que el lobby marroquí del pesado tiene otro candidato en carpeta.

La clave está en París. Macron aún no ha pronunciado nombre, pero su voto pesa. Si Francia opta por Martina, el italiano suma el peso de la gran agricultura del sur europeo. Si se queda al margen, la balanza se inclina hacia un compromiso anglo-español que deje fuera a Hogan. Planas lo sabe y por eso lleva meses visitando embajadas a deshoras. «Carrera de fondo», repite. Pero los fondos, justamente, son lo que escasea.

El ministro se despide con una frase que suena a epílogo provisional: «No me presento para perder». En el hall del Consejo, un embajador nordico susurra: «Tres europeos dividen; si no hay unidad, Qu Dongyu seguirá». La frase queda flotando mientras Planas desaparece en el ascensor. Dentro de dos años, alguien recordará este lunes gris de marzo como el día en que Europa decidió si seguir rifando el hambre del planeta o aprender, por fin, a compartir el plato.