Playmobil convierte a bernarda alba y el cid en miniaturas que reviven la literatura

Las figuras de plástico que llenaron los sueños de varias generaciones aterrizan en Burgos para desenterrar a los fantasmas de la literatura española. El Cid cabalga de nuevo, Celestina reabre su gabinete de amor y Bernarda Alba encierra a sus hijas en una casa de muñecas. Todo sin perder un ápice de tragedia.

La exposición clásicos de la literatura en Playmobil convierte el ala norte del Monasterio de las Huelvas en un teatro de dioramas donde Cervantes comparte escenario con Larra y Santa Teresa. Son 25 vitrinas que condensan siglos de historia en escenas de 15 centímetros. El rigor académico se impone: cada personaje lleva el atuendo que los textos describen y los planos de época que los arquitectos diseñaron.

De la teoría a la miniatura: así nació el proyecto

De la teoría a la miniatura: así nació el proyecto

El gesto nació en un aula de la Universidad de Burgos. El catedrático Fernando Cantalapiedra pidió a sus alumnos de Literatura que explicaran el Lazarillo con objetos que no fueran PowerPoints. Alguien apareció con un muñeco calvo y un plato de chorizo. La cosa explotó en redes y el Ayuntamiento abrió la chequera. Tres meses después hay 8.000 piezas repintadas a mano y un despliegue de luz led que recrea el amanecer castellano que vio Rodrigo Díaz.

El visitante recorre un itinerario que huele a cera y a libro viejo. Primero el Cantar: el Cid apunta con su lanza a un moro de bigote tieso. Después la taberna del Lazarillo, donde el ciego cuenta maravedís mientras el muchajo escruta el suelo buscando la migaja que decidirá su hambre. En la vitrina de La Celestina hay un detalle demoledor: el jarrón que la alcahueta rompe para sellar la traición está hecho con un casquillo de luz de bicicleta.

El recorrido atraviesa el Siglo de Oro y se detiene en el entierro de Larra. El diorama reproduce el cuadro de Esquivel con tal precisión que hasta los cotizados de El Prado han pedido la maqueta para estudiarla. El duelo de Don Juan Tenorio se libra en un cementerio de cartón piedra cuyas lápidas llevan nombres de críticos literarios que dieron palos a Zorrilla. Es una boutade, claro, pero también una declaración de intenciones: aquí la literatura se defiende con uñas de plástico.

La sala final se tiñe de luto. Bernarda Alba impone silencio con su bastón de bastidor de corbata. Las hijas, de rodillas, comparten el mismo moldaje facial; solo se distinguen por el color del mantilla que les cayó al pintor. En la pared, una frase de Lorca grabada con letra de Playmobil: «Las casas grandes necesitan muchos silencios». El público obedece.

La muestra cierra el 15 de julio, pero su legado ya viaja. El equipo prepara una versión itinerante que llegará a México DF y a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. La editorial Anaya negocia un catálogo pop-up y Netflix estudia una serie de stop-motion. El éxito se mide en visitas —más de 40.000 en tres semanas— y en una cifra que desarma: el 62 % de los escolares que pasan por la exposición se apunta después a la asignatura de Literatura optativa. En tiempos de TikTok, los clásicos han encontrado su válvula de escape: una cabeza de fijador y dos ojos redondos sin pupilas.

Al salir, un niño arrastra a su madre hacia la tienda. Quiere el Don Quijote de dos euros. Ella le pregunta si sabe quién era. «El tío que perdió el juicio peleando contra molinos», responde. La madre sonríe y paga. En el mostrador, la cajera susurra: «No se preocupe, aquí todos perdemos la cabeza; por eso la exposición funciona». La caja registradora suena como una espada al entrar en su vaina. Se acerca la hora de cerrar y, dentro del cristal, los personajes siguen esperando. No se mueven, pero siguen vivos.