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Murió la jueza que hizo llorar al dictador videla: la sentencia que desnudó el robo de bebés

Las luces del Salón San Martín aún conservan el eco de su voz. María del Carmen Roqueta murió el domingo, pero su frase más demoledora —«práctica sistemática y generalizada de sustracción de menores»— seguirá vibrando en cada aula de derecho donde se enseñe que la justicia puede llegar tarde, pero llega. Fue ella quien el 6 de julio de 2012 obligó a Jorge Rafael Videla a escuchar 50 años de cárcel por el robo de bebés; fue ella quine devolvió nombres a decenas de nietos que habían crecido con apellidos robados.

La sentencia que hizo temblar a la dictadura

El verbo «denunciar» le quedó chico. Roqueta prefirió el verbo «desentrañar». Durante 18 meses presidió el Tribunal Oral Federal 6 y desarmó, pieza por pieza, el andamiaje clandestino que había convertido a hospitales, cuarteles y iglesias en matrioskas de horror. Cuando leyó el veredicto, Videla ya no podía esconder la tos nerviosa: nueve militares condenados, entre ellos la cúpula que firmaba órdenes con sangre.

La clave no fue solo la pena. Fue la certeza. Por primera vez un fallo judicial argentino habló de plan sistemático sin eufemismos. Las Abuelas de Plaza de Mayo guardaron la copia del fallo como quien atesora un acta de nacimiento colectiva. Desde ese día recuperaron 28 nietos. La cifra habla por sí sola.

El aula donde se enseña a no olvidar

El aula donde se enseña a no olvidar

Roqueta dictaba clases en la Facultad de Derecho los jueves a la noche. Decía que los futuros abogados debían aprender a leer entre líneas de los informes militares: «Allí donde ponen “niño entregado”, ustedes deben leer “niño secuestrado”». Sus alumnos recuerdan que nunca usaba PowerPoint; prefería proyectar las caras de los bebés robados sobre el pizarrón y dejar que la sala se llenara de silencio.

El 31 de mayo último, pese ya aqueleada por un cáncer que le mordía la garganta, volvió al Museo Sitio de Memoria ESMA. Se sentó en el último banco, sin protocolo, y escuchó a una recuperada contar cómo había encontrado a su madre biológica. Cuando la mujer terminó, Roqueta se acercó y le susurró: «Ahora usted me presta su nombre para que yo también siga viviendo».

La despedida sin cámaras

La despedida sin cámaras

Las velas de Casa América se apagaron cerca de la 1 de la madrugada. No hubo discursos políticos; solo una playlist con milongas que ella misma había elegido. Entre los presentes, una nieta recuperada llevó un ramo de jazmines blancos: eran los mismos que Roqueta le regaló el día que le devolvió su DNI original. Al salir, cada invitado se llevó una fotocopia del artículo 75 inciso 23 de la Constitución —el que obliga a reparar a las víctimas— como quien se lleva una estrella de bolsillo.

La semana próxima el Tribunal Oral Federal 6 volverá a convocar a una audiencia. En el estrado quedará una silla vacía cubierta por una bufanda tejida de azul y blanco. Nadie se atreverá a ocuparla. Porque algunos vacíos pesan más que los presentes, y el vacío de Roqueta pesa lo mismo que 50 años de condena.