Ponsarnau blinda miribilla hasta 2029: el milagro de bilbao basket que no vende estrellas

Jaume Ponsarnau ha hecho lo que ningún otro club de la ACB se atreve: firmar la continuidad de su entrenador cuatro años después de un par de temporadas sin playoffs y sin fichajes estratosféricos. La prórroga llega hasta 2029, una eternidad en la liga donde los técnicos duran menos que un aviso de WhatsApp.

La rebelión de las tres hache

La clave no es el contrato, sino la coartada. Ponsarnau la llama «filosofía de las tres H»: humildad, hambre y honestidad. Suena a eslogan de colegio, pero en Miribilla es el manual de supervivencia. Mientras otros clubes despiden entrenadores tras dos derrotas seguidas, Bilbao premia al catalán que ha convertido la mediocridad presupuestaria en competitividad crónica en Europa.

El dato que nadie menciona: en los últimos cuatro años solo ha habido tres salidas de jugadores importantes. Tres. En un mercado donde los agentes mueven piezas como en ajedrez, Bilbao Basket es el tablero que nadie toca. «Somos una rara avis», reconoció Ponsarnau entre risas y sudor, porque sabe que su modelo es una anomalía genética en la NBA española.

La presidenta Isabel Iturbe no escondió la satisfacción: «Hoy la familia respira». Tras ella, los capitanes Harald Frey y Tryggvi Hlinason asentían como quien escucha misa. No es religión, es fe en un proyecto que gana partidos sin fichar cracks y que pierde sin hacerse el harakiri digital.

El director deportivo Rafa Pueyo fue más directo: «Jaume ya ha dado los pasos que queremos dar nosotros». Traducción: no necesitamos un Messi del baloncesto, necesitamos al tipo que convierte a desconocidos en jugadores de Euroliga sin que nadie lo note.

El techo que no existe

El techo que no existe

Preguntado por objetivos, Ponsarnau se sacó del bolsillo la frase que haría temblar a cualquier accionista: «No ponemos techo». Lo dijo mirando al techo de Miribilla, ese que lleva años sin lámparas nuevas y que aún así ilumina noches mágicas. «Queremos ganar todos los partidos», añadió, y nadie se rió porque en Bilbao la utopía tiene asiento reservado en grada.

La renovación llega tras una temporada en la que el equipo se quedó a un suspiro de los playoffs. El mismo suspiro que otros clubes hubieran convertido en despido. Aquí, en cambio, se convierte en renovación hasta 2029. La lógica del basket moderno se rompe en la orilla de la ría.

Mientras tanto, la ACB sigue su ciclo de entrenadores desechables. Ponsarnau observa desde la trinchera bilbaína y sonríe: él ya ha ganado su partido, el de la permanencia en un lugar donde la paciencia no es virtud, es estrategia.

El mensaje es claro: en Bilbao no se vende ilusión, se fabrica con años de trabajo y sin prisa. La próxima vez que alguien hable de «proceso», debería mirar Miribilla. Allí, el futuro ya tiene nombre y apellido: Jaume Ponsarnau, hasta 2029. El resto es ruido.