Quito despliega fe sin palma de cera: tradición y ecología se abrazan en la procesión

El incienso se coló por las rendijas de la Basílica mientras los primeros pasos descendían hacia el Quito colonial. Calles empedradas, balcones de fierro forjado y un coro quebrado repitiendo «Jesucristo, yo estoy aquí» anunciaron que la Semana Santa arrancó con una sola certeza: la palma de cera se quedó en el bosque.

El ramo de romero reemplazó al emblemo andino. Lo hizo con tanta naturalidad que hasta los niños parecían olvidar que, hace apenas una década, portar la fronda blanca era el gesto obligado del Domingo de Ramos. Las campañas del Ministerio de Ambiente —carteles, memes, spots radiales— lograron lo que las multas nunca consiguieron: hacer la abstinencia colectiva un acto de fe ecológica.

La ausencia que habla más que mil sermones

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La palma de cera (Ceroxylon alpinum) sigue viva en los páramos, alimentando al loro orejiamarillo, especie que el IUCN coloca a un paso del abismo. Cada ejemplar cortado para adornar una procesión privaba de refugio a un ave que ya apenas alcanza los 600 individuos. El vicario John Castro no necesitó citar la encíclica Laudato si’: bastó con mostrar la camioneta donde voluntarios repartían ramos de romero cultivado en Lasso. La gente lo aplaudió como si fuera un milagro cotidiano.

La procesión —23 años reuniendo devotos— partió del templo neogótico más grande de América y terminó en la plaza de San Francisco bajo un sol que castigaba sin misericordia. Allí, los frailes franciscanos aguardaban con túnicas rojas y blancas que evocan la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pero lo que ningún evangelio relata es la imagen de una mujer interpretando a la Virgen con vestido de lentejuela que brillaba contra la piedra volcánica de la plaza. El contraste entre lo colonial y lo influencer se tragó en un clic de móvil.

Entre los fieles, Anahí Aldaz resumió el espíritu del día: «Hemos pasado cuarentenas, terremotos y ante todo siempre está Dios». Detrás de ella, Andrea Flores añadió un deseo político: «Que baje la delincuencia». La petición suena a lema electoral, pero en Ecuador el asesinato ha crecido 72 % en cuatro años. La fe, entonces, se vuelve refugio y reclamo simultáneo.

La banda de pueblo tocó un pasodoble mientras los cucuruchos descalzos avanzaban con cilicio visible. El grupo folclórico Jácchigua desfiló en trajes de tambo que parecían sacados de un cuadro de Goríbar. Y todo esto ocurrió a 2.850 metros de altura, en un centro histórico que la Unesco declara Patrimonio desde 1978 pero que el Estado apenas logra mantener sin grietas.

Al final, el padre Castro bendijo los ramos y nadie extrañó la palma de cera. La especie respira; la tradición, también. Quito demostró que la liturgia puede cambiar de materia sin perder alma. Basta con que el romero perfume el aire y que el grito de «yo estoy aquí» se repita con la misma certeza con la que mañana volverán a abrir las iglesias. La ciudad entera ya sabe: la salvación, si existe, pasa por dejar crecer el bosque.