Real oviedo arrasa en la gala asturiana mientras su futuro en primera se desmorona
El Auditorio Príncipe Felipe lució lleno, las cámaras enfocaron la bufanda azul y el presidente Martín Peláez subió al escenario con la sonrisa de quien sabe que, al menos por una noche, la estadística no existe. El Real Oviedo fue proclamado mejor club asturiano de 2025 por la prensa deportiva y la consejería regional, un premio que celebra el ascenso a Primera, los centenarios y los filiales campeones, pero que también sirve de espejo a un presente que se resquebraja.

La euforia dura lo que un aplauso
Peláez recogió el trofeo entre vítores: «Esto es de la afición que puede con todo». La frase suena a himno, pero el calendario no canta. El equipo marcha colista de LaLiga, a ocho puntos de la salvación cuando restan nueve jornadas. El domingo recibe al Sevilla en el Carlos Tartiere y la calculadora ya huele a chamusquina. La afición, esa misma que llena la sala de galas, podrá con todo, ¿pero con la Segunda División?
El presidente prefirió mirar al lado femenino del club. «En el Grupo Pachuca no hay fracasos, hay lecciones», dijo cuando le preguntaron por el descenso del equipo femenino a Segunda RFEF. La frase es tan bonita como inútil: las jugadoras ganaron este domingo al Osasuna, pero el pasillo rival ya las espera en categoría inferior. El filial masculino, eso sí, asciende; otro motivo para la vitrina que brilla esta semana en la sede de Mareo.
La ironía es que el premio reconoce un 2025 histórico que aún no ha terminado. El ascenso logrado en junio fue la culminación de 24 años de penitencia, pero el infierno de la permanencia llegó sin pausa. El vestuario, liderado por jugadores como Ilyas Chaira y Pablo Agudín, convive entre la nostalgia de la gala y la certeza del descenso. Cada entreno es un espejismo: la pelota parece obediencia, la tabla clasificatoria es una losa.
El club necesita milagros, pero los milagros no entran en el fair-play financiero. El presupuesto de Primera se infló con la televisión, pero la deuda sigue ahí, como un defensa rival que nunca se cansa. La afición, esa que puede con todo, empieza a mirar el calendario con miedo: Sevilla, Barcelona, Girona… cada partido es un examen que se convoca en 48 horas.
Mientras tanto, en el exterior del auditorio, los hinques charlan con periodistas y reparten caramelos de esperanza. «Aún quedan 27 puntos», dice uno. «Y 27 años más», responde otro entre risas. La noche acaba, las luces se apagan y el autobús del equipo ya espera para regresar al Tartiere. Dentro, los trofeos brillan; fuera, la niebla asturiana cubre el cielo como una manta que huele a partido del domingo. El Real Oviedo tiene un galardón en la mano izquierda y un pie en el abismo en la derecha. La historia que merece ser contada no es la del premio, sino la de cómo un club que puede con todo se juega la vida cada sábado sin red.
