Reino unido arremete contra rusia: espías, expulsiones y una embajada acorralada
Un segundo secretario británico abandona Moscú con la espalda empapada de acusaciones. El Kremlin lo llama espía. Londres responde con una bofetada verbal: “disparate completo”. Entre ambos, la mayor crisis de espionaje desde el envenenamiento de Salisbury.
La embajada británica en la diana del fsb
La trama se desata el lunes a mediodía, cuando Danae Dholakia —encargada de negocios hasta que llegue el nuevo embajador— recibe la orden de presentarse en la torre Stalinista del Ministerio de Exteriores ruso. Allí le comunican la expulsión “inmediata” de un diplomático de rango medio. El motivo: reuniones “no oficiales” con economistas rusos que, según el FSB, terminaban en fotocopias de documentos clasificados.
El Foreign Office no se lo piensa. En menos de dos horas convoca a los medios y descarta la versión rusa con tres palabras: “infundada, maliciosa, coordinada”. Lo que no dicen —pero traslucen— es que el segundo secretario era el punto de enlace con la red de informantes británica en Siberia, una de las últimas que quedan operativas tras la masiva retirada de 2023.
El FSB, por su parte, filtra a medios afines un vídeo de escasa calidad donde se ve al diplomático entrando en un café de la zona de Arbat con un profesor de la Universidad Financiera. La grabación, de 47 segundos, ya acumula más de dos millones de visiones en canales de Telegram afines al Kremlin.

Del caso skripal al nuevo telón de acero
La expulsión llega apenas tres semanas después de que Londres sancionara a cinco agentes del servicio de inteligencia militar ruso por intentar hackear la sede del MI6 en Vauxhall. El círculo se cierra: acusaciones cruzadas, espías expulsados, familias de diplomáticos que reciben visitas “cómicas” de inspectores de impuestos o matronas que insisten en revisiones médicas “obligatorias” a los hijos.
En la práctica, la plantilla de la embajada británica en Moscú ya ha menguado un 40 % desde 2018. Los que quedan trabajan con escolta, mudan de ruta cada día y tienen prohibido usar el metro. “Es un safari permanente”, resume un antiguo cónsul que prefiere no revelar su nombre.
Con cada nueva expulsión, el Reino Unido responde con la fórmula clásica: “medida proporcional”. Pero proporcional ya no significa simétrica. El Foreign Office teme que cualquier represalia dura corte el único canal abierto para gestionar los intercambios de prisioneros —el más urgente: los británicos capturados en Ucrania— y para negociar licencias de exportación de gas licuado que compensen, en parte, la dependencia europea.
El Kremlin gana así una nueva pieza para su tablero doméstico: mostrar al West como agresor permanente mientras la campaña electoral de 2024 se calienta. La televisión estatal ha estrenado ya un microdocumental titulado “La red de saboteadores”, donde el segundo secretario británico aparece pixelado, pero identificable.
En Londres, el incidente se discute este martes en el gabinete de seguridad nacional. La ministra de Exteriores, David Cameron, baraja dos opciones: expulsar al agregado militar ruso en Londres —un coronel que ya es conocido en la City por su afición al whisky de malta— o limitarse a una retórica más dura y concentrar esfuerzos en blindar a la veintena de diplomáticos que aún resisten en Moscú. La decisión, según fuentes palaciegas, llegará antes del viernes.
Entre tanto, la vida prosigue en la embajada de la ulitsa Smolenskaya: pasaportes que se queman en microondas, reuniones en salas sin ventanas y un jardín donde ya no pasean los perros. El segundo secretario expulsado despega hoy desde Sheremétieve con destino a Helsinki; lleva como único equipaje una carpeta de cuero repleta de notas que, según el FSB, “nunca podrá ser descifrada”. La ironía: dentro solo hay recortes de periódicos y una caja de té Earl Grey. El espionaje, al fin, también se alimenta de clichés.
