Retiran fichas de desaparecidos en la cdmx mientras el estadio ciudad de méxico celebra su reapertura

Mientras el Estadio Ciudad de México abría sus puertas con música, luces y miles de aficionados, a pocos metros, en el Tren Ligero, trabajadores de la capital retiraban las fichas de personas desaparecidas. No fue una coincidencia. Fue una decisión.

La imagen es brutal: del otro lado del muro, la fiesta; del lado de abajo, el borrado. Las fotos, los nombres, las fechas. Todo arrancado en plena jornada de protestas. Para los colectivos de búsqueda, no fue solo un acto de limpieza urbana. Fue un mensaje: la imagen importa más que la crisis.

Las voces que no entraron al estadio

Vanessa Gámez no fue al partido. Estuvo en la entrada, con una foto de su hija Ana Amelí, desaparecida el 12 de julio en el Ajusco. “Mientras celebran adentro, afuera lloramos”, dijo. Y agregó algo que no apareció en los spots oficiales: cerca del estadio han desaparecido más de 300 personas.

La cifra no es retórica. Es un mapa de dolor que se superpone al plano de la ciudad. Y que, por unas horas, se quiso ocultar.

La reapertura del coloso de Santa Úrsula fue presentada como un símbolo de recuperación. Pero en la calle, la única recuperación que se exige es la de los cuerpos. México ya suma 130 mil personas desaparecidas. Y la Ciudad de México no es una isla de excepción.

Morena elogia, las madres reclaman

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Paulo Emilio García, vocero del Grupo Parlamentario de Morena en el Congreso capitalino, aprovechó el momento para destacar el trabajo de la diputada Ana Buendía, presidenta de la Comisión de Atención a Víctimas. “Está haciendo un buen trabajo”, dijo. Propuso que dé una conferencia para explicar sus acciones.

Las madres que protestaron no mencionaron a Buendía. No porque no la conozcan, sino porque sus reuniones no han traducido en hallazgos. En la búsqueda, la burocracia no alivia. Solo cuenta el resultado: ¿Regresaron? ¿Dónde están?

El retiro de las fichas no fue un acto aislado. Ocurrió en medio de una jornada de movilizaciones que incluyeron bloqueos y plantones. Para el gobierno capitalino, era prioritario que nada interfiriera con la fotografía del estadio repleto. Para los colectivos, era urgente que algo interfiriera.

La tensión entre ambos mundos —el que celebra y el que llora— se volvió literal: una valla, dos realidades.

Al final del día, el partido terminó. Las luces se apagaron. Las fichas, no. Algunas volverán a pegarse. Otras no. Pero el vacío sigue ahí, inmune al maquillaje urbano.