Riad reanuda la hoguera: 42 vidas en 90 días y la región distraída

El silencio del Ministerio del Interior saudí huele a pólvora. A las 06:00 del domingo, tras 44 días de tregua impuesta por el Ramadán, la máquina de ejecutar volvió a cobrar impulso: tres hombres colgados en un solo día, 42 desde enero. La cifra habla por sí sola: el Reino va camino de superar el récord de 356 decesos que ya estremeció a medio planeta en 2025.

La pausa que no fue

Las ONG exiliadas en Europa, ESOHR y ALQST, desvelaron la reanudación en sus cuentas de X sin alharacas, como quien anuncia la vuelta de un tren que nunca debió detenerse. La mayoría de las nuevas sentencias vienen por narcotráfico, el delito que más miedo da a los clanes de príncipes porque nadie en la familia real quiere verse salpicado por un puñado de píldoras. Pero hay un detalle que Riad prefiere no ventilar: entre los 56 prisioneros que aguardan su turno hay activistas, opositores y, sobre todo, gente condenada por delitos políticos.

Lo que nadie cuenta es que el Golfo entero tiene la mirada puesta en Teherán. Mientras los drones vuelan sobre Irán, dentro de las celdas saudíes se firman sentencias a la carrera. ESOHR denuncia que el régimen “aprovecha el ruido regional” para limpiar el lastre de disidencias que arrastra desde 2011. La táctica es vieja: cuando el mundo mira hacia otro lado, la cuerda se aprieta.

El negocio de la muerte

El negocio de la muerte

Arabia Saudí no publica cifras oficiales; las filtra al boletín del Ministerio cuando le conviene. El último balance reconocido fue el año pasado, cuando ya encabezó la lista global de Amnistía. A este ritmo, 2026 puede repetir la hazaña sin que un solo titular occidental lo remueva. Hay demasios contratos de armamento, demasiado petróleo y demasiados fondos soberanos como para incomodar al monarca.

La mecánica es implacable: juicios exprés, confesiones bajo custodia, apelaciones que se pierden en un laberinto de papel sellado. A las familias les llega el aviso por WhatsApp: “Reúnan ropa para el entierro”. La ejecución se consuma al amanecer, en un patio de la prisión Ha’ir, y el cuerpo se entrega envuelto en una tela blanca. Ni nombre en lápida, ni fecha, ni razones.

El experto en derecho penal saudí, Abdullah al-Qahtani, resume la jugada en una frase que hiela: “Cuando los grandes imperios regionales se desgarran, los pequeños reinos sangran a sus presos para demostrar que siguen siendo dueños del tiempo”.

La región lleva meses en ese estado febril: misiles sobre Teherán, barcos incendiados en el Estrecho, mercados de drones que funcionan 24/7. En ese tablero, 42 vidas son fichas que Riad puede sacrificar sin que el crupier global levante la voz. La apuesta es clara: si la atención está al otro lado del Golfo, nadie contará los cadáveres que salen por la puerta trasera.

Pero los números, al final, siempre traicionan. A este ritmo, el Reino sumará unos 180 ejecutados antes de que termine el año. Bastaría con que un solo país europeo rompiera el pacto de silencio y congelara la venta de tecnología de vigilancia. Bastaría con que un inversor institucional preguntara, en la junta de Aramco, por qué el flujo de sangre no aparece en el informe anual. Bastaría con que un turista, al llegar a Riad, viera en la terminal no solo los carteles de bienvenida al futuro, sino también la sombra que proyectan los cuerpos aún calientes en el patio de Ha’ir.

Mientras tanto, la máquina sigue. Y en algún despacho del Ministerio del Interior alguien ya marca en rojo la fecha del próximo amanecer.