Ricardo hill suplica ayuda: 20 kg menos, enfisema y un no rotundo al asilo

La risa que desparramó Ricardo Hill por las noches de La Hora Pico se apagó frente a una pared de piedra. Sentado junto a su hermano, con la voz quebrada y la mirada perdida, el actor de 65 años confesó lo que muchos temían: “Necesitamos salir”. No pedía trabajo; pedía oxígeno, dinero para medicinas y evitar un asilo al que ya lo dan por muerto.

La entrevista que Matilde Obregón publicó este lunes en YouTube dura 36 minutos y duele cada segundo. Hill pesa 49 kilos, 20 menos que hace dos años. Tiene enfisema pulmonar y EPOC diagnosticados en 2020, pero aún fuma. Entre tos secas y silencios que se hacen largos, repite: “No me voy a suicidar, pero lo pienso”. La frase queda flotando como una etiqueta de precio a la vida que ya no sabe cuánto vale.

El divorcio, la pandemia y la cuenta bancaria en rojo

Lo que nadie cuenta es que la caída no fue de un día. El divorcio lo dejó sin casa, la pandemia sin teleteatro y la fama sin contratos. Las regalías de Videocine y la pensión de ANDA suman 9 800 pesos mensuales. Los inhaladores cuestan 3 200 cada dos semanas. El resto se lo come la renta de un cuarto en la colonia Portales, el transporte a neumología y la comida que ya no entra por la anorexia que heredó la depresión.

Su hermano Héctor, el único que no se fue, detalla la cuenta: “Estamos a -2 450 pesos cada mes”. La cifra habla por sí sola: la bancarrota no es metafórica, es la balanza que decide entre el suero y el kilo de tortillas.

El miedo a la residencia: “ahí hay puro viejito esperando morirse”

El miedo a la residencia: “ahí hay puro viejito esperando morirse”

El momento más crudo llega cuando Obregón pregunta por el asilo que la seguridad social le ofreció. Hill se incorpora, apunta su dedo índice huesudo a la cámara y suelta: “Prefiero tirarme bajo un camión antes que ir ahí”. La razón es simple: en la residencia San Lorenzo lo esperan 120 camas y ningún familiar. Tiene 65 años, pero se siente viejo a los 90 cuando escucha los carros de la muerte en los pasillos.

La respuesta del público fue inmediata. En Twitter, el hashtag #RicardoHill se colocó en tendencia nacional en menos de cuatro horas. Un usuario subió un clip de 2004 donde Hill imitaba a Cantinflas; otro publicó su número de tarjeta para depositar 200 pesos. La solidaridad brota, pero también la culpa colectiva: “¿Cómo se le olvida a la industria a quien les hizo llorar de risa?”, escribe una cuenta de memes que antes solo compartía chistes.

El olvido de la farándula que se niega a ser olvidado

El olvido de la farándula que se niega a ser olvidado

Lo que se vislumbra detrás del drama personal es la cronificación del abandono en la televisión mexicana. Hill no es un caso aislado: María Elena Saldaña vende tamales en Tlalnepantla, Polo Ortín murió solo en un hospital del IMSS, Luis de Alba canceló su gira por falta de taquilla. El gremio de actores calcula que solo el 4 % de los artistas de televisión tiene afore completa. El resto, como Hill, sobrevive a la fama que se apagó cuando cambiaron la barra de late night por realities baratos.

Mientras tanto, en la cocina de la casa prestada, el hermano prepara una sopa de sobre. Hill enciende otro Delicado —el séptimo del día— y aspira el humo como quien toma el último trago de una cuenta que ya no cierra. La entrevista termina, pero el mensaje queda: no pide lástima, pide parche. Algo tan simple como un inhalador, una cama sin ruedas y un guion donde vuelva a ser el que hacía reír para no llorar.