Ricardo lorenzetti desarma el mito del empleo estable: el nuevo mapa laboral ya no tiene horarios ni jubilación

Ricardo Lorenzetti enciende el micrófono y tira la primera bomba: el trabajo que heredamos de la Revolución Industrial ya solo sirve para proteger a un puñado de privilegiados. El resto —la mayoría— habita una selva de plataformas digitales, contratos fantasma y jornadas que se derriten hasta convertirse en gotas de 15 minutos repartidas entre cuatro aplicaciones móviles.

El empleo de tus padres murió, pero nadie avisó al estado

En La arquitectura del trabajo en el siglo XXI, el expresidente de la Corte Suprema desarma la retórica oficial de «recuperación laboral». Los números que él maneja son implacables: cada vez menos gente accede a un salario mensual, obra social o vacaciones pagas; cada vez más convierte la cocina de su casa en oficina, el auto en taxi y el tiempo libre en un espejismo que se rompe con el ping de un nuevo pedido.

La trampa nace de la persistencia de un vocabulario que ya no describe la realidad. Hablamos de «empleo» cuando lo que hay es un pluriempleo forzoso: maestra de primaria que de noche sube clases a YouTube, ingeniero que factura proyectos por WhatsApp y reparte pedidos los fines de semana. Lorenzetti lo resume en una frase que duele: «No es un trabajo que ordene la vida». Es, más bien, un trabajo que se desparrama, que se cuela entre el cumpleaños del hijo y la consulta médica, que exige estar on a las 3 a.m. porque alguien en otra time-zone necesita una respuesta.

La economía de plataformas fabrica ministros de sí mismos

La economía de plataformas fabrica ministros de sí mismos

El cuentapropismo ya no es la aventura del emprendedor audaz; es la única puerta de salida cuando la entrada formal se cierra. Lorenzetti detecta aquí una mutación de clase: el operario de 1980 sabía quién era su patrón; el rider de 2025 tiene 37 jefes simultáneos que le puntúan con estrellitas y deciden si mañana come o no. La distinción entre empleado y empresario se disuelve en un self que factura, reparte, cobra y se banca la rotura del celular.

Esa autogestión tiene un costo oculto: la autoexplotación legalizada. Sin aportes jubilatorios, sin ART, sin límite de horas, el riesgo viaja en el bolsillo junto al DNI. Lorenzetti habla de «estrés existencial» cuando la jornada se extiende hasta que la app pare de sonar, porque si no lo hace, otro en la esquina lo reemplaza en tres minutos.

La educación ya no es escalera, es trampa sin fondo

La educación ya no es escalera, es trampa sin fondo

El viejo pacto —estudiá, conseguí un título, accedé a la clase media— se rompe en el aire. Lorenzetti apunta a las nuevas generaciones de abogados, médicos y arquitectos que no alcanzan el umbral de pobreza con su primer empleo formal y deben repartir pizzas de noche para pagar el colegio de sus hijos. La profesión deja de ser identidad y se vuelve un skill más que se suma al pack de servicios que ofrece el freelance desesperado.

La movilidad social, entonces, deja de ser ascenso para convertirse en permanente ajuste: hoy sos community manager, mañana community manager que también arma muebles, pasado mañana community manager-mueblista que da clases de inglés. Ninguna de esas etiquetas te lleva a un escritorio con tu nombre grabado; todas te devuelven a la misma incertidumbre de diciembre, cuando hay que renovar el alquiler y los ingresos se desploman por las fiestas.

El estado mira para otro lado mientras se derrite la hielera fiscal

Lorenzetti advierte que la destrucción de empleo formal es más veloz que la capacidad del Estado de reaccionar. La recaudación se resquebraja: menos aportes, menos obra social, menos jubilaciones sostenibles. El agujero se tapa con emisión o deuda, pero la bomba viaja sin fecha de vencimiento clara. La gobernabilidad se juega en esa grieta: cuando millones no pueden planificar ni siquiera el próximo mes, el contrato social se vuelve un contrato de adhesión que se firma con hambre.

La solución, insiste, no es crear más planes sociales ni subsidios parches. Se necesita formación continua —no un curso de seis meses, sino un sistema que re-enseñe oficios cada tres años— y una legislación laboral que proteja al rider tanto como al metalúrgico. Pero el debate público sigue cautivo del fantasma del «empleo pleno» que murió en los '90.

El mensaje final de Lorenzetti suena como una sentencia sin apelación: «El trabajo ya no garantiza pertenencia; solo garantiza conexión». Y la conexión, como sabemos, se corta cuando el servidor falla o cuando el consumidor elige la opción más barata. Ahí quedamos, desconectados de la seguridad y conectados a la incertidumbre, mientras el reloj marca las 9 de un lunes cualquiera y el celular vuelve a vibrar. No es una notificación de éxito; es un nuevo pedido que hay que aceptar antes de que se lo lleve otro.