Romero apaga el fuego: el ceuta aún no ha salvado la categoría

José Juan Romero ha dicho basta. Con una frase, ha roto el espejismo: «Si este equipo hace el play-off, yo me voy andando a Roma». La afirmación, dicha en voz baja pero firme, ha corrido como pólvora entre los aficionados que soñaban con un milagro. La euforia dura lo que un trayecto en ferry: desde la banda del Estadio Alfonso Murdock hasta la sala de prensa del mismo complejo deportivo.

La montaña de abril que viene

El calendario se ha vuelto un acicate. El Ceuta sale mañana hacia Burgos y no regresará a casa hasta el lunes siguiente, después de medirse a dos de los gallos de la categoría: primero el equipo castellano en El Plantío, lugo el Eibar en Ipurúa. Dos asaltos seguidos lejos del Estrecho. Dos bocas de lobo. «Probablemente son los dos equipos con mejor dinámica ahora mismo», ha advertido Romero. Ha dicho «potentísimos» y ha dejado que la palabra se quedara suspendida en el aire, como un penalti a punto de lanzarse.

La permanencia matemática, ese objetivo que parecía a la vuelta de la esquina, exige todavía cinco puntos. Con nueve jornadas por delante, la cuenta es sencilla para un club que nunca ha bailado en la cuerda floja con tanta altura. La frontera sur del fútbol español —ese pedazo de tierra que mira a África— se juega cada fin de semana la posibilidad de seguir soñando despierto.

Salvi Sánchez se quedará en Ceuta. El delantero, tocado en el sóleo, aún no ha pisado el césped reglamentario. Su ausencia resta velocidad a un conjunto que basa buena parte de su punch en las transiciones. Romero, sin embargo, ha preferido no lamentarse: «Tenemos plantilla y tenemos hambre». Ha dicho «hambre» dos veces, como quien repite un mantra.

Lo que crece bajo la grada

Lo que crece bajo la grada

Mientras tanto, la ciudad se llena de camisetas blanquinegras. Los comercios del Paseo de las Palmeras lucen escudos a medio precio y los bares han cambiado los carteles de tapas por fotos de la plantilla. «Cada día se está haciendo más grande lo que es el club», ha reconocido el entrenador. No hablaba de títulos; hablaba de comunidad. De esa rara alquimia que convierte a un equipo de Segunda RFEF en bandera de un enclave que lleva siglos mirando al otro lado del mar.

La afición, pues, teje su propia trama: corea cánticos que mezclan español y árabe, llena el autobús de la expedición con bocadillos de calamar y recuerda a los viejos glories que hicieron llorar al Helmantico. Pero la ilusión, bien entendida, no es incompatible con la prudencia. Romero lo ha dejado claro: la meta no es tocar el cielo; es no caerse al vacío.

Cuando el domingo se cierren los portones de Ipurúa, el Ceuta sabrá si puede respirar o si la lucha se alarga hasta el último suspiro de mayo. Hasta entonces, el mensaje es uno solo: ni un solo cartel de play-off se imprima, ni un solo pasaje a Roma se reserve. La historia, como ha recordado el técnico, todavía está en borrador.