Rusia blinda la violencia doméstica: la 'familia tradicional' pesa más que la vida de las mujeres
El alma de la Duma se desgarró ayer en una frase: legislar contra la violencia doméstica “destruye la familia tradicional”. Lo dijo sin rubor Andréi Klishás, senador y jefe del Comité de Legislación, mientras fuera su ventana las mujeres rusas seguían muriendo a ritmo de 12 000 al año —una cada 45 minutos—, según el Ministerio del Interior.
El argumento que hiela la sangre
La lógica del Kremlin es de una frialdad quirúrgica: si un marido pega y la multa se paga con el dinero de la casa, la víctima sale perdiendo dos veces. “¿De qué le sirve eso a la mujer?”, se preguntó Klishás en la entrevista que concedió a RBC. La respuesta implícita: nada. Por tanto, mejor no tocar el Código Penal. Así, desde 2017, las fracturas leves, los hematomas y la reincidencia se archivan como simples “faltas administrativas”. Multa: 5 000 rublos (55 euros). Consecuencia: el 80 % de los agresores repiten, según la ONNA Sestra.
El Estado ruso no solo mira para otro lado; fabrica anteojeras. La reforma que despenalizó la primera paliza fue vendida como “defensa de los valores tradicionales”. Traducción: el derecho de la pareja a disciplinar está por encima del derecho de la mujer a no ser asesinada. Amnistía Internacional lo calificó entonces de “licencia para matar”; ayer, Klishás la convirtió en doctrina.

El silencio que estruja
En los pasillos del Senado nadie habla de Natalia, la maestra de Ekaterinburgo que denunció 14 veces antes de que su marido la apuñalara frente a su hija de 9 años. Tampoco de Oxana, que pidió una orden de protección y la policía le contestó que “los problemas de pareja se arreglan en casa”. Ambas están enterradas, pero sus historias sobreviven en los chats cifrados de las activistas que ahora se organizan bajo la consigna “#NoEstásSola”.
El Kremlin, mientras tanto, acaba de destinar 250 millones de rublos a una campaña que promueve “la maternidad responsable”. El mismo dinero que podría haber financiado 50 refugios de urgencia se derrite en spots televisivos donde una mujer sonríe mientras amasa bortsch para sus cuatro hijos. La ironía escupe.
El negocio de la impunidad
Detrás del discurso moral hay una cuenta bancaria. La despenalización liberó al sistema judicial de 300 000 casos anuales, según cálculos de la Universidad Estatal de Moscú. Eso se traduce en menos juzgados, menos policías especializados, menos gasto. El ahorro: 1 200 millones de rublos. El costo: 12 000 vidas. Hacer las cuentas duele.
La próxima vez que un diputado invoque la “familia tradicional”, escuchen el eco: es el ruido seco de un puño contra la piel. En Rusia, el hogar ya no es el lugar más seguro; es la zona cero donde el Estado abdica y la matriz patriarcal firma su acta de defunción una y otra vez. Mientras tanto, el reloj sigue corriendo: falta media hora para la siguiente.