La uba suena la alarma: el 6,5% de los argentinos ya coquetea con un trastorno mental
El Observatorio de Psicología Social Aplicada acaba de soltar un grito en medio del silencio: uno de cada quince argentinos ya está en la cuerda floja de la salud mental. La encuesta, que escudriñó a 2.213 personas entre septiembre y octubre, revela que la juventud y la pobreza se han convertido en la coctelera perfecta para la ansiedad, la depresión y el riesgo suicida. El dato más demoledor: el 50% de quienes necesitan terapia no la consiguen y la excusa casi siempre es la misma: la billetera.
Los jóvenes son la frontera roja
El grupo de 18 a 29 años concentra los peores indicadores. Allí el riesgo suicida se dispara, la ansiedad se normaliza y la depresión deja de ser una palabra tabú para convertirse en el fondo de cada charla de WhatsApp. La investigación detecta que “a menor nivel socioeconómico y menor edad, mayor ansiedad y depresión”. Es decir: ser pobre y tener veinte años en Argentina es hoy una condena doble, con o sin pandemia.
La falta de plata no es un detalle: es el obstáculo principal para acceder a un psicólogo. El 43,44% de los que no van lo atribuye a la imposibilidad de pagar. Las obras sociales y las prepagas miran para otro lado, los consultorios privados aumentan sus precios cada tres meses y la oferta pública se derrumba bajo la misma burocracia que la rodea. El resultado: solo el 29,15% recibe tratamiento y la mitad del resto se automedica, llora de madrugada o directamente aguanta.

La noche también es enemiga
Dormir se volvió un lujo. El 58,69% confiesa que se levanta más cansado que cuando se acostó. El insomnio ya no es un trastorno: es la norma. La pantalla del celular se convierte en la última compañía antes de apagar la luz y la primera en saludar al amanecer. El 97,19% usa redes sociales y el 58,98% ya le pidió ayuda a la inteligencia artificial para calmar la angustia. La ironía: quienes más se apoyan en la IA son justo los que presentan mayor riesgo suicida y peores puntuaciones en ansiedad y depresión. La máquina que prometía alivio se transforma en espejo del propio desgarro.
El cuerpo pide rescate. El 60,85% intenta escapar del pozo mediante actividad física y los datos lo respaldan: menos síntomas, menos pesadillas, menos ganas de desaparecer. Pero el 35,71% sigue apostando al alcohol y el 6,61% a las drogas. Entre ellos, uno de cada siete ya admite que tiene un problema. La marihuana es la anestesia más barata y la más fácil de conseguir en cualquier esquina de Buenos Aires.

La crisis no es solo personal: es económica
El 55,91% está convencido de que atraviesa una crisis económica; el 52,40%, una crisis personal o existencial. Los números se superponen: no se trata de paranoia colectiva, sino de la certaza de que el sueldo no alcanza, el alquiler se dispara y el futuro se achica. El informe lo dice sin vueltas: “Las crisis económicas actúan como un factor de estrés relevante y se asocian consistentemente con efectos negativos en la salud mental”. Traducción: la angustia no es un defecto de carácter, es el resultado de políticas que pulverizan ingresos y seguridad social.
La UBA avisa: estamos volviendo a los niveles de 2020, cuando la pandemia golpeó la puerta de cada casa. Si entonces el miedo era al virus, ahora el virus somos nosotros mismos: el cansancio crónico, la incertidumbre laboral, la soledad digital. La investigación reclama “políticas públicas activas” que no sean folletos de contención ni campañas de mindfulness para despedir compañeros. La solución pasa por subir el gasto en salud mental, blindar la gratuidad de la terapia y desregular el acceso a medicación esencial. Mientras tanto, la grieta sigue abierta: abajo, la angustia; arriba, la indiferencia.
La próxima vez que cruces la calle y veas a un pibe con auriculares y cara de pocos amigos, recordá este número: 6,5%. No es un decimal más en una planilla. Es la vecina que llora sin que la escuchen, el compañero de oficina que se toma el palo antes de que lo echen, el hermano que ya no cuenta chistes. La salud mental dejó de ser un problema individual para convertirse en una deuda colectiva que el país aún no quiere pagar.
