San cristóbal despierta temblando: la violencia escolar ya no es un rumor
El pueblo entero parece haberse despertado con la misma pesadilla. A las 7 de la mañana, los autos de los padres formaban una fila interminable frente a las escuelas de San Cristóbal, Santa Fe. Las ventanillas bajas dejaban escapar el mismo temblor en la voz: ¿le pasó algo a mi hijo? El padre Daniel Ferrero recibió los primeros mensajes mientras preparaba la homilía. No necesitó leerlos todos: la calle ya gritaba lo que WhatsApp susurraba.
El sacerdote que escucha aterrado
Ferrero llegó el 22 de febrero con la agenda llena de bodas y catequesis. La violencia le ganó de mano. En la sacristía guarda una carpeta verde que no estaba en los planes: recortes de diario con fotos de adolescentes desfigurados, partes policiales y anotaciones al margen hechas con birome gastada. “La última, una chica también en situación de bullying, le desfiguraron la cara con un cúter”, me cuenta mientras revuelve los papeles como quien busca una salida que no aparece. La frase suena a epitafio.
Lo que nadie cuenta es que la primera reacción del municipio fue silenciosa. No hubo comunicados, ni rueda de prensa, ni siquiera un funcionario que cruzara la plaza. Solo una maestra de la escuela N° 1.324 que le pidió al padre que bendijera los pasillos. “Vienen los papás a retirar a los chicos y vienen temblando”, repite Ferrero, como si la repetición pudiera exorcizar el miedo.

La droga que no distingue clase ni edad
En San Cristóbal no hay barrios privados ni villas miseria. Hay 23 mil habitantes y una sola avenida que corta la ciudad de este a oeste. El narcotráfico la recorre igual. Ferrero apoya el índice sobre el mapa parroquial y dibuja una ruta invisible: “No hay edad. No hay edad. Ese es el tema”. El dato habla por sí solo: los consumidores empezaron a bajar de 15 años hace dos veranos. Ahora algunos tienen 11 y piden pasta base como quien pide un caramelo.
La red de contención es una ficción. Hay una casa de rehabilitación diocesana con 12 camas y lista de espera hasta 2026. Adictos Anónimos se reúne los martes en el salón de catequesis, pero la mitad de los chicos que llegan vuelven a caer antes de la próxima sesión. El padre habla de un 5 % de recuperación total. Afuera, la heladería de la esquina vende cigarrillos sueltos a los truenos y nadie levanta la ceja.

El límite donde las leyes se rompen
Ferrero no culpa al intendente. Dice que la respuesta “tiene que venir de la nación o de la provincia con leyes que permitan ir resolviendo estas cosas”. La ironía duele: la comisaría más cercana está a 80 kilómetros y el juzgado de menores atiende dos veces por semana. Mientras tanto, los padres inventan contraseñas para que los hijos puedan pedir auxilio sin que el agresor lo note. Una madre enseñó a su hija a enviar la palabra “tomate” si se siente seguida. La chica la usó el jueves pasado. Llegó a casa con el labio partido y el celular roto.
La plaza principal parece una postal de pueblo tranquilo: palomas, banco de madera, el quiosco cerrado desde las 20. Pero la noche anterior, a 300 metros, un grupo de 14 años apuñaló a otro por un cigarrillo de menta adulterado. “Esto no es una película, esta es la vida real en un lugar relativamente tranquilo”, sentencia Ferrero. La frase queda flotando como una condena.
Lo que viene después del miedo
En la iglesia ya preparan una misa “por la paz juvenil” el próximo domingo. Ferrero sospecha que muchos bancos estarán vacíos: los chicos tienen miedo de cruzarse con los que los amenazaron. Aun así, imprime 200 folletos con el número de la línea 137 y los reparte en los colegios. “Creo que este es el tema prioritario en este momento. ¿Qué vamos a hacer?”, se pregunta en voz alta, aunque la pregunta ya no busca respuesta: busca testigos.
La reunión con el municipio quedó fijada para el viernes. Ferrero llevará la carpeta verde y una propuesta que suena a desesperación: convertir la sala de teatro del colegio técnico en un centro de contención nocturno. “Desde arriba tendrán que poner las gorras en remojo”, advierte. Mientras tanto, la fila de autos a la salida de clase crece. Los padres bajan la ventanilla, prenden el aire acondicionado y esperan. Algunos llevan un cuchillo de cocina en la guantera. Otros, solo un rosario. San Cristóbal despierta temblando, y la única certeza es que la próxima pesadilla ya empezó a gestarse antes de que termine la misa.
