San salvador colapsa: 119.000 personas abarrotan el centro en un solo día

La capital despertó con el estruendo de 119.000 pies pisando la misma piedra. A las diez de la mañana el centro histórico ya olía a sudor, naranja y pólvora de cohete. La Orquesta Hermanos Flores subió al escenario, y el aire se volvió tan denso que los primeros acordes de El Carbonero sonaron como un disparo de salida: la multitud se abrió, se cerró, se abrazó, y alguien gritó “¡Esto es El Salvador, carajo!”. La cifra oficial lo confirma: un día, un concierto gratis, y el equivalente a toda la población de Sonsonate metida en cuatro manzanas.

La alfombra que come calle

Mientras tanto, en la calle de la Amargura, 1.700 metros de asfalto ya no existen. Debajo de capas de sal teñida de azul cobalto y ocre, los vecinos han dibujado dragones, virgenes y el escudo del Alianza con un pincel de mango corto para no pisar el trabajo del de al lado. Son más de mil voluntarios, pero el número que importa es otro: 700 quintales de sal pigmentada que costarán 45.000 dólares y que el martes, cuando pase el Santo Entierro, serán barridos en dos horas como si nunca hubieran estado ahí. “Es arte efímero”, me dice Don Tito, que lleva cuarenta años haciendo la misma esquina. “Como la vida, ¿no?”.

La directora de APLAN, Adriana Larín, camina con las uñas carcomidas de tanto revisar WhatsApp. Me enseña el monitor del COEM: 7803-2260, el número que atenderá emergencias las 24 horas, ya recibió 314 llamadas antes del mediodía. “Gente que pierde a los niños, gente que encuentra a la suegra, gente que solo quiere saber dónde hay baño”, susurra. Detrás de ella, 300 trabajadores de limpieza cargan palas, bidones de cloro y una esperanza: que la basura no llegue a las 120 toneladas del año pasado.

El negocio que se esconde detrás del incienso

El negocio que se esconde detrás del incienso

La procesión del Domingo de Ramos congregó 90.000 almas, pero los economistas cuentan otra cosa: cada cuerpo que entra al centro gasta, en promedio, 8,50 dólares entre atol shuco, rosarios de madera y selfies con el caballo de policía. Hacer la multiplicación da 1,02 millones de dólares en un solo día. Lo que nadie anuncia es que los vendedores ambulantes pagan 3 dólares diarios por un metro cuadrado de acera a cooperativas que no aparecen en ningún registro. “Es el impuesto de la fe”, me dice Doña Irma, que vende elotes mientras su hijo de ocho años le hace de cajero. La alcaldía promete “control”, pero el control pesa y se disuelve en el vapor de las ollas.

El domingo por la noche, cuando las campanas de El Calvario dejaron de tañer, la Orquesta Flores ensayó Adiós a mi sanjuanito bajo un reflector que parecía sol. En tres semanas estarán en Los Ángeles, Houston y Nueva York, llevando la misma música que hoy hizo llorar a un borracho que bailó descalzo sobre el adoquín. “Toquemos donde toquemos, el alma es esta”, me confesó Ricardo Flores mientras guardaba el violín. La alfombra de sal, los 1,7 millones de visitantes proyectados, los 145.000 turistas extranjeros: todo eso es el añadido. El núcleo es ese hombre que se quita los zapatos y cree, por cuatro minutos, que el país entero baila al mismo ritmo.

La Semana Santa apenas empieza y el centro histórico ya sabe que ganó: 4,5 millones de visitantes en 2025, un 80 % más que antes de la pandemia. La piedra vieja de San Salvador aguanta. Lo que no sé es si aguantamos nosotros cuando, el domingo de resurrección, las calles queden vacías y el olor a guaro y jazmín sea solo un recuerdo que se lleva el viento.