Sánchez vende su 'no a la guerra' como mantra global mientras prepara su cumbre de progres en barcelona

Enma López subió al estrado con la solemnidad de quien anuncia una nueva religión: el pedrosánchezismo. Su sermón sonó a catequesis de campaña en la sede federal del PSOE: «Su ejemplo, su respuesta valiente, su no a la guerra… inspira al resto del mundo». Nadie preguntó qué guerra ni cuántas. Solo aplausos.

La número dos del partido acudió a la sala de prensa con una misión: convertir la reunión de socialistas, sindicalistas y ONG que se celebrará el 17 y 18 de abril en barcelona en la Global Progressive Mobilisation, un nombre que parece marca de energética ecológica y que, según López, reunirá a «todo el globo terráqueo» para salvar la democracia, el Estado de Derecho, los salarios, el planeta y, de paso, la imagen de Sánchez.

El líder que se planta… ¿ante quién?

La frase «plantarse ante todas las guerras» resonó hueca en la sala. ¿Se refería a Ucrania, Gaza, Sudán, Sahel? La portavoz no desmenuñó. Tampoco aclaró cómo un presidente en funciones que depende del apoyo de independentistas y euroescépticos puede erigirse en faro moral sin que le tiemble la voz. Lo que sí quedó claro es que Sánchez acudirá ambos días al recinto ferial para mostrar «liderazgo internacional» ante Lula, Sanders y demás fauna progre.

El guion es viejo: cumbre, foto, manifiesto, aplauso. Pero el calendario apremia. A escasas semanas de las elecciones europeas y con la coalición de gobierno rozando la cuarta partida de póker presupuestaria, el PSOE necesita un eslógan que no suene a «seguimos» ni a «España va bien». Necesita un «resuena en todo el mundo» que tape la inflación galopante, la precariedad laboral y el 15 % de votantes que le han huido desde 2019.

Multilateralismo de salón

Multilateralismo de salón

López prometió «más multilateralismo y más respuestas». Las respuestas, eso sí, vendrán en formato taller, mesa redonda y cocktail. El evento reunirá a 2.000 invitados que pagarán sus billetes y sus hoteles. La factura final la pagará la Generalitat con los fondos COVID que aún no han sido auditados. «Compartir perspectivas, aportar liderazgo, identidad y diversidad», recitó la dirigente, como quien lee el prospecto de un medicamento homeopático.

En el imaginario del PSOE, abril será el mes en que Sánchez se reivindique como el Zelenski de la periferia europea: rodeado de aliados, blindado por la retórica del diálogo y fotografiado junto a Lula, su nuevo compañero de escenario tras fracasar el abrazo con Bolsonaro. La jugada tiene riesgo: si el brasileño regresa a Brasilia vacío de inversiones, la foto podrá convertirse en meme antes que en victoria.

Mientras, en la calle, los precios siguen disparados, los jóvenes siguen emigrando y la derecha crece en las encuestas. Pero en la sala de prensa del PSOE solo cabía el eco de una certeza: Pedro Sánchez ya no lidera un país, lidera una narrativa. Y esa narrativa, como toda doctrina que se precie, empieza por un «no» que nadie sabe muy bien a qué se refiere, pero que suena bien en los titulares.