Santa catalina cierra su playa estrella tras vertido tóxico de 1.135 litros

La arena que lucía dorada esta semana huele ahora a químico. El mar que prometía selfies de agua cristalina es un cordón de 100 metros vallado con cinta amarilla. En Avalon Beach, la joya turística de Santa Catalina Island, la fuga de 300 galones de aguas residuales ha fulminado la temporada de Semana Santa antes de que empezara.

El miércoles 25, a las 08:17, un operario del muelle detectó el chisporroteo anómalo en la superficie. Era grasa negra, restos de sanitarios químicos y un confeti de microplásticos que avanzaba hacia la zona de baño. En 45 minutos el condado de Los Ángeles decretaba el cierre preventivo: 50 metros a cada lado del punto cero, aforo cero, negocio cerrado.

El vertido que nadie se explica

Las bombas extractoras trabajan desde entonces sin descanso, pero nadie da un culpable. El sistema de alcantarillado de la isla, construido en los años 60 para 5.000 habitantes, hoy soporta hasta 15.000 visitantes diarios en temporada alta. Las tuberías de fibrocemento tienen más parches que una manta vieja y el emisario submarino descarga a 300 metros de la costa sin depuración secundaria. «Otra vez es la misma historia: turismo desbocado, infraestructura que cruje», me cuenta un marinero que pide no ser citado porque «aquí todos viven del mismo visitante».

Mientras tanto, los análisis de laboratorio se suceden cada 24 horas. Necesitan dos resultados consecutivos dentro del límite estatal de enterococos para levantar el veto. La primera prueba arrojó 1.040 UFC/100 ml, diez veces por encima del umbral. La segunda, este jueves, baja a 820. Aún falta.

Negocio en suspenso, miedo en la arena

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Los chalecos salvavidas cuelgan solos en los kioscos de alquiler. El paseo marítimo, que el fin de semana anterior vibraba con colas para el parasailing, parece un set cinematográfico abandonado. Los hoteles ya reportan cancelaciones masivas: 1.200 reservas perdidas en 48 horas, según la asociación de hostelería de Catalina. «Perdemos 150 000 dólares diarios mientras la cinta esté ahí», calcula Marisol Vega, propietaria de tres restaurantes frente al muelle.

Pero el golpe no es solo económico. Los niños de la escuela Avalon Elementary no podrán hacer su tradicional limpieza de playa del viernes Santo. Los buzos del club Catalina Island Marine Institute han suspendido las inmersiones con tochas de luz UV que enseñaban la bioluminiscencia nocturna. La isla entera respira un aire a cloro y desinfectante que recuerda a los pasillos de un hospital.

El Departamento de Salud Pública advierte: nadie debe tocar el agua ni recoger conchas. El riesgo va de gastroenteritis a infecciones dérmicas que pueden dejar cicatrices permanentes. Quienes ignoraron el aviso el miércoles acabaron con eritemas en pantorrillas y tobillos que la enfermera local cataloga como «quemaduras químicas leves». Los más vulnerables —niños, ancianos, inmunodeprimidos— ni se plantean acercarse.

La pregunta que carcome a los residentes es cuánto durará el cierre. El récord en California es 71 días en Huntington Beach tras el derrame de 2021. Aquí, por el volumen menor, se habla de «una o dos semanas», pero nadie firma la predicción. La condición sine qua non es doble: que el agua baje del límite bacteriano y que desaparezca el olor a cloaca que aún flota en la brisa.

Catalina, la isla que se ahoga de éxito

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El accidente pone sobre la mesa la disyuntiva que Catalina arrastra desde los 90: ¿somos parque natural o parque temático? La afluencia creció un 38 % en la última década, pero la red de saneamiento sigue siendo la misma que cuando Marilyn Monroe posó para los fotógrafos en este mismo muelle. El presidente del consejo insular, Greg Williams, admite que necesitan 42 millones de dólares para renovar el emisario y construir una planta de tratamiento de última generación. El presupuesto anual del condado para toda la isla: 8 millones.

Mientras llegan los fondos —si es que llegan—, los barcos de carga siguen descargando sacos de cloro y bidones de enzimas que devoran grasa. Los vecinos han montado un turno de vigilancia ciudadana para denunciar nuevas manchas antes de que se disuelvan. «No queremos convertirnos en la playa que todos recuerdan por el vertido», suspira Lucía Ríos, monitora de kayak que ahora reparte mascarillas N95 a los turistas varados.

La primera prueba de agua «limpia» podría llegar el domingo. Si pasa, la segunda sería el lunes y el martes la cinta amarilla desaparecería. Sería un milagro menor: la playa de Avalon reabierta en siete días. Pero el olor a químico, advierte el marinero, «se queda en la piel de la isla mucho después de que los análisis den el visto bueno».

La lección es brutal y simple: 1.135 litros de aguas negras bastan para hundir la economía de un paraíso. Catalina lleva siglos sobreviviendo a piratas, incendios y huracanes; ahora le toca lidiar con su propio éxito. Cuando el último cubo de cloro abandone la arena, la isla tendrá que decidir si sigue siendo un escenario de postal o empieza a comportarse como lo que ya es: una ciudad saturada que huele a turista y a miedo.