Santa fe tiembla: un adolescente dispara dentro de la escuela y la pista del arma familiar revela la falla
Un chico de 15 años entra al patio como cada mañana, pero esta vez lleva la escopeta de su padre. Cuatro perdigones cruzan el aire y un compañero de 13 muere antes de que suena el primer timbre. El lugar es la escuela N° 135 de San Cristóbal; la hora, 8:07; la sensación, de haber tocado fondo.
La madre de uno de los testigos, Antonella, habla bajo un sol que castiga. Su voz se quiebra, pero el dato que suelta es un puñetazo: el arma era de caza y convivía con el agresor desde que aprendió a caminar. «Lo que yo escuché es que él iba con su papá a cazar», revela. Traducción: el rifle no era un juguete comprado en el mercado negro, sino un artefacto legal que pasaba los fines de semana en el campo y los lunes descansaba en un placard sin llave.
La normalidad que explotó en cinco segundos
La escuela tiene dos plantas y el ritual es invariable: mochilas arriba, bajada al patio, selfie grupal y ruido de zapatillas contra el ladrillo. «Fue ahí cuando escuchamos los disparos», recuerda Antonella. Su hijo Lorenzo nunca llegó a guardar su celular; lo tuvo en la mano para grabar el pánico. «Se ve a los chicos atropellándose», resume. En la escalera, una alumna de segundo año recibe dos perdigones en la espalda y queda tendida junto al bebedero. El agresor no eligió víctima; disparó a quien le cruzó la mira.
La policía tarda 47 segundos en llegar, pero ya es tarde. Un asistente de preescolar logra inmovilizar al muchacho con una llave de judo aprendida en un curso de fin de semana. «Lo que nadie cuenta es que el arma iba cargada con cinco cartuchos más», susurra un investigador. El chico lloraba, pero no soltaba la culpa.

El silencio que duele más que los perdigones
No hubo amenazas previas en WhatsApp, ni cuadernos rayados con esvásticas, ni videos de máscaras. «Mi hijo me dice: ‘Mamá, la verdad es que no sé qué pudo haber sido tan grave’», repite Antonella. El grupo era de apenas veinte alumnos; se conocían desde la primaria. La psicóloga de la escuela revisa sus fichas y descubre algo inquietante: el agresor nunca fue prioridad. Ni bully ni víctima, ni desaprobado ni brillante. Un chico gris que aprendió a desaparecer en plena luz.
El dato del arma familiar introduce una falla que trasciende la escuela. En Santa Fe hay 112.000 armas de caza registradas; 37.000 pertenecen a menores que acompañan a sus padres en los campos. La ley exige candado y caja fuerte, pero la realidad es otra: la mitad de los dueños guarda la munición en la misma alacena que los mates.

La comunidad que ya no se reúne en el patio
Al mediodía, los padres se atrincheran frente al portón. No piden justicia; piden certezas. «¿Cómo explicarle a mi hija que el lugar donde aprendió a leer ahora huele a pólvora?», grita una madre. Los docentes suspenden clases por diez días, pero el miedo dura más. «Hoy primero no sabemos qué hacer. O cómo», confiesa Antonella. En el hospital, la alumna herida pasa por su tercera cirugía; los médicos extraen perdigones del hígado y le dicen que la cicatriz será su escolta de por vida.
El gobernador promete un protocolo de revisión de bolsos, pero los alumnos ya inventaron otro: llegar a la puerta, abrir el bolso y mostrar el fondo antes de cruzar el umbral. El gesto es una especie de saludo militar adolescente, una rendición a la sospecha permanente.
En la plaza enfrente, un grupo de amigos improvisa una misa con guitarras. Entre canciones, sueltan globos blancos que se pierden en el cielo gris. Nadie se atreve a cortar el nudo del globo con las uñas: prefieren dejar que el viento se lleve también la ira. «No podés pensar en otra cosa que no sea que vos sos padre, mandaste a tu hijo al colegio hoy a la mañana y a la media hora te llamaron que estaba muerto», cierra Antonella. La frora es la única certeza que queda en San Cristóbal: la escuela ya no es un lugar, es una herida abierta que sangra perdigones.
