Se apagó la guitarra que cruzó continentes: murió lucho gonzález, el hombre que fundió a chabuca con mercedes sosa
A las 79 años, la guitarra de Lucho González dejó de vibrar. El sábado 28 de marzo, cuando Lima aún no despertaba, su familia confirmó lo que la escena latinoamericana temía desde hace meses: el puente sonoro entre Perú, Argentina y el mundo había desaparecido. En minutos, Fito Páez, Mercedes Sosa (desde su muerte en 2009) y Chabuca Granda se encontraron de nuevo en los homenajes que inundaron redes, radios y conversaciones de WhatsApp.
De la criolla a la universal: el mapa que diseñó con seis cuerdas
Nadie antes que él había llevado el vals limeño a los teatros colmados de Buenos Aires sin que el público notara la diferencia de acentos. González nació en 1946 en medio de un réquiem de cuerdas de nylon: su padre, Javier, integraba Los Trovadores del Perú y le regaló su primera guitarra antes de que supiera leer. Abandonó la carrera de Derecho en la PUCP porque el pentagrama lo llamaba más fuerte que los códigos.
Los 15 años junto a Chabuca Granda fueron su universidad. Grabó «La flor de la canela» cuando nadie creía que un riff podía oler a jazmín limeño y a melancolía porteña al mismo tiempo. Esa fórmula —criollo + tango + bossa— se convirtió en su firma invisible. Cuando emigró a Argentina en los 80, la guitarra ya no era peruana ni argentina: era latinoamericana, y él su pasaporte.

El trío que nadie pudo replicar: vitale-baraj-gonzález
Con Lito Vitale y Juan Baraj formó un trío que funcionó como laboratorio de acordes prohibidos. Grabaron en vivo «Esta parte del camino», un disco que los críticos bautizaron como «el manual de armonía estructural que nadie se atrevió a escribir». En los 90, ese mismo trío se transformó en Nebbia-Baraj-González y desmenuzó boleros frente a plateas que no entendían la mitad de los versos, pero lloraban igual.
«María Lando», la versión que hizo con Mercedes Sosa y Pedro Aznar, sigue siendo la única que logra que una sala entera coree «tiene que ser, tiene que ser» sin saber que está cantando sobre la explotación laboral en el Perú de los 70. Esa es la magia que se lleva González: convertir la denuncia en abrazo.

El legado que no cabe en partitura
Dejó discos, sí, pero también un método de enseñanza que bautizó «siembra musical». En la Universidad de Villa María y en el INAMU formó a cientos de guitarristas que hoy lloran con las mismas manos que aprendieron a hacer llorar a los demás. Su última clase virtual fue en febrero: ya con oxígeno portátil, explicó cóvo hacer que una septima disminuida suene como «un suspiro que decide no terminar».
Fito Páez escribió que «la curiosidad lo desbordaba». La fr resume la escena: cuando la mayoría de los guitarristas de su generación se acomodaron en el folclore, González se fue a estudiar jazz a Nueva York y regresó con un acorde que nadie supo nombrar. «Tu sonrisa inolvidable» y «Detrás del muro de los lamentos» —esas canciones que Páez menciona— tienen riffs que los teóricos aún desarman sin entender cómo encajan.
El último concierto fue en diciembre en el Teatro Colón de Mar del Plata. Entró con bastón, se sentó y, antes de tocar, pidió que apagaran las luces del escenario. «Quiero que me escuchen, no que me vean envejecer», dijo. Tocó 90 minutos. El público no aplaudió hasta que la guitarra dejó de sonar. Hoy, esa misma guitarra cuelga en la casa de su hija Mariana, con las cuerdas mudas, pero tensas, como si aún esperaran el acorde final.
La música peruana pierde a su traductor. La latinoamericana, a su mensajero. Y los guitarristas, a su brújula. El vacío no se llena con homenajes: se llena cada vez que alguien, en cualquier rincón del continente, repite ese trino de tres notas que González robó al vals y regaló al mundo. Ahí seguirá, sin pasaporte, sin fecha de caducidad.
