Sevilla detiene a un depredador que se disfrazaba de niño para cazar en redes
La Policía Nacional ha vuelto a meter entre rejas a Juan Carlos M., un hombre que ya cumplió condensa por grooming y que esta semana ha sido arrestado en Sevilla por repetir la jugada: fingía ser un adolescente más para sonsacar contenido sexual a medio centenar de menores. Un padre alertó: su hijo charlaba con alguien que olía a adulto. La investigación activó la operación Null y descubrió que el supuesto colega era un depredador con antecedentes y una orden de prisión vigente que incumplía desde su salón.
El perfil invisible que acecha a la hora del deber
Las capturas del móvil son elocuentes: capturas de conversaciones en Instagram, TikTok y Discord donde el mismo avatar de chico de 14 años intercambia emojis de corazón y peticiones de «foto más fuerte». Los agentes encontraron 47 carpetas con archivos de víctimas distintas, numeradas por edad y provincia. El modus operandi no variaba: primero elogios, luego confidencias, después chantaje emocional. El resultado: imágenes que jamás deberían circular.
El detenido, de 38 años, había perfeccionado el cuento. Usó filtros de voz para bajar su tono, se documentó con series adolescentes para copiar slang y hasta creó un perfil gamer con récord de victorias en Fortnite que le servía de gancho. Los menores, entre 11 y 15 años, no olían la trampa: veían a un «colega» que compartía sus mismas referencias. La cifra habla por sí sola: más de 2.300 mensajes en un solo grupo de WhatsApp revisado.

Cuando la condena no es freno
Lo que más indigna al equipo de Brigada de Ciberdelincuencia es que Juan Carlos M. ya tenía una orden de ingreso en prisión dictada por un juzgado de Valencia tras saltarse la libertad condicional de su anterior condena. Las medidas cautelares le obligaban a ausentarse de redes sociales y a comunicar cualquier cambio de domicilio. Las incumplió. Ahora se añade un nuevo delito de quebrantamiento de condena al paquete de acusaciones por acoso sexual a menores y producción de pornografía infantil.
La investigación sigue abierta. Los investigadores creen que el número de víctimas puede dispararse cuando analicen el disco duro de 4 TB intervenido en el registro. De momento, han identificado a 12 niños de Andalucía, 8 de Madrid y 5 de Cataluña, pero alertan: hay conversaciones iniciadas en inglés y portugués que podrían proyectar el caso fuera de nuestras fronteras.
El error que lo delató
El detenido cometió un fallo de principiante: utilizó la misma cuenta de correo para registrar un videojuego en línea que para abrir un perfil de redes sociales. Esa huella digital permitió a los analistas cruzar datos y descubrir que el «adolescente» era un adulto con antecedentes. A partir de ahí, la geolocalización de sus selfies —una farola irrepetible de la avenida de la Palmera de Sevilla— cerró el cerco.
El caso vuelve a poner el foco en la dificultad de vigilar un ecosistema donde los menores disponen de múltiples pantallas. La Policía insiste: control parental sin espionaje, conversación diaria y revisión de la lista de seguidores son los únicos escudos viables. «No se trata de prohibir el móvil, sino de enseñar a desconfiar del halago fácil», resume la inspectora Rosa García, portavoz de la operación.
Juan Carlos M. ya ha ingresado en la prisión de Sevilla II. La pregunta que tortura a los investigadores no es si habrá más vidas rotas, sino cuántas permanecen aún en silencio. Mientras tanto, los padres del grupo de WhatsApp donde estalló la denuncia han cambiado la foto de perfil colectiva: una imagen de la Giralda iluminada de rojo, color que la organización Internet Segura para Menores eligió para recordar que la alerta temprana puede salvar infancias.
