Somalia arrasa a al shabab: 21 cadáveres en la ruta que une baidoa con mogadiscio

Las fuerzas somalíes mataron esta madrugada a 21 milicianos de Al Shabab y heridos a otros diez tras una emboscada que el grupo yihadista preparaba cerca de Daynuunaay, en la región de Bay, según el Ministerio de Defensa. El golpe desmantela, al menos por hoy, la principal vía de suministro que los yihadistas usaban para asediar Baidoa, la segunda ciudad más importante del sur del país.

Una batalla que nadie vio

El Ejército no precisa la fecha exacta del enfrentamiento, solo habla de «cercanías de Daynuunaay» y de una «batalla prolongada» que terminó con la toma del pueblo, clave porque une la capital, Mogadiscio, con el corazón del conflicto. EFE no ha podido verificar la cifra de muertos; los testimonios telefónicos que logramos recabar hablan de «explosiones lejanas» y de «caminiones llenos de cadáveres que se alejaban hacia el interior del bosque». La información se filtra a cuentagotas porque la zona está militarizada y los teléfonos móviles funcionan a medias: la torre de Afgoye fue sabotajeada la semana pasada y los satélites se reservan para la contraofensiva.

Desde agosto de 2022, cuando el presidente Hassan Sheikh Mohamud declaró la «guerra total» contra Al Shabab, las operaciones se suceden sin descanso. Washington aporta drones, la Unión Africana suma tropas y los clanes locales entregan adolescentes reclutados a cambio de armas livianas. El resultado es un mapa que cambia cada amanecer: los yihadistas pierden pueblos, los recuperan de noche, vuelven a perderlos al mediodía. El ciclo se repite con una mecánica de relojería y un saldo de vidas que nadie termina de contabilizar.

Daynuunaay, el hueso duro

Daynuunaay, el hueso duro

Daynuunaay no es un simple cruce de caminos de tierra roja. Controlar esa franja de 35 kilómetros significa abrir la ruta 4, la arteria que alimenta de arroz y queroseno a un millón de desplazados internos que viven en Baidoa. Para Al Shabab, perder ese tramo es perder peaje: cada camión que circulaba les dejaba entre 300 y 500 dólares, según un excombatiente que ahora vende khat en el mercado de Deyniile. «Sin Daynuunaay se quedan sin dinero para comprar munición en Kismayo», resume antes de morder la hoja estimulante que le tiembla entre los labios.

El grupo, leal a Al Qaeda desde 2012, no ha emitido comunicado. Su emisora de radio, Andalus, permanece muda desde el viernes, cuando solía difundir versículos del Corán seguidos de arengas contra el «gobierno títere». La ausencia de réplica suele ser señal de desconcierto o de repliegue hacia el río Jubba, donde los manglares ofrecen escondite y mosquitos en igual proporción.

El precio del silencio

Somalia lleva tres décadas y media convertida en un laboratorio de guerras ajenas. La caída de Siad Barre en 1991 desencadenó un baile de alianzas que hoy mezcla intereses turcos, qataríes, kenianos y etíopes. La comunidad internacional paga cada año 1.300 millones de dólares por mantener a la misión de la Unión Africana, pero la factura real la siguen pagando los civiles: 3,8 millones desplazados, 43.000 niños en riesgo de hambruna y un periodista asesinado cada ocho meses, según la ONG Somali Exiles. La nota oficial del domingo no menciona bajas propias. Eso también forma parte del ritual: las familias de los soldados fallecidos reciben 700 dólares y un certificado sellado que evita la palabra «muerto»; prefiere la frase «caído en honor de la patria».

La ofensiva continuará, promete el Gobierno. Pero la lección de Daynuunaay es más simple y más cruel: quien controle la carretera controla el maíz del mes siguiente. Y en Somalia, el mes siguiente empieza hoy, antes del amanecer, cuando los primeros camiones ya rugen motores rumbo a un destino que, otra vez, puede cambiar de manos antes de que baje el sol.