Somalia se desgarra: la reelección en el sudoeste enciende la mecha de una guerra interna
Mientras Al Shabab campa a sus anchas por el centro y sur del país, los políticos somalíes han decidido que el mejor momento para ajustarse cuentas es ahora. Abdiaziz Hassan Mohamed Laftagareen juró este sábado un segundo mandato al frente del Estado del Sudoeste tras una votación que Mogadiscio califica de «golpe institucional». La respuesta del Gobierno federal no se hizo esperar: tanques y columnas de infantería avanzan hacia Baidoa. La AU y la UE, con la boca llena de «diálogo», ven cómo se les escapa el último reducto de estabilidad en el Cuerno de África.
El pulso entre laftagareen y mohamud rompe el armazón federal
Laftagareen no solo se ha reelegido; ha desafierto la legalidad misma del Estado somalí. El presidente federal, Hassan Sheikh Mohamud, había advertido que cualquier elección regional sin la aprobación de Mogadiscio sería nula. El presidente del Sudoeste le devolvió la jugada: suspendió toda cooperación con la capital y convocó a su parlamento local a una sesión exprés. En veinticuatro horas, el Parlamento regional ratificó su continuidad. La fotografía del acto —soldados tribales mezclados con guardias parlamentarios— circula ya por WhatsApp como símbolo de un país que vuelve a trocearse.
Detrás del rifirrafe hay gas, puerto y un futuro corredor marítimo que Kenia y Etiopía codician. El Sudoeste controla la franja que va desde el río Jubba hasta el portuario Kismaayo. Allí, Dubai Ports World firmó en 2021 un contrato logístico que Mogadiscio considera estratégico y que Laftagareen defiende como «tabla de salvación regional». El Gobierno federal sospecha que Emiratos Árabes financia la rebeldía; Laftagareen acusa a Mohamud de querer nacionalizar los ingresos portuarios. El dinero habla más que los acuerdos de cooperación.

La comunidad internacional repite el guion mientras al shabab festeja
Mahmoud Ali Youssouf, presidente de la Comisión de la UA, urgió ayer a «máxima moderación». La embajadora europea Francesca Di Mauro pidió «diálogo inclusivo». Ambos comunicados se redactaron en Bruselas y Addis Abeba, lejos del trueno de los cañones. En el campo de batalla, Al Shabab ha multiplicado sus incursiones: tres atentados suicidas en una semana, dos de ellos a menos de cincuenta kilómetros de Baidoa. El grupo yihadista interpreta la crisis como una invitación a expandir su califato rural.
La última vez que un presidente regional desafió a Mogadiscio fue en 2019. El conflicto costó 200 vidas y desplazó a 100 000 personas. Ahora hay más armas, menos dinero y un ejército somalí que depende al 80 % de fondos europeos que se evaporarán en 2025. La ONU ya ha evacuado personal no esencial; los helicópteros de la AMISOM sobrevuelan la ciudad con los focos apagados, como si la oscuridad pudiera disimular el desastre.
El Cuerno de África no necesita pronósticos: necesita que alguien encienda los generadores del hospital de Baidoa antes de que los heridos lleguen. Laftagareen y Mohamud lo saben. Por eso, mientras sus representantes firnan comunicados de paz, sus militares requisan camiones de medicinas. En Somalia, la guerra empieza cuando termina la conferencia de prensa.
