Soria revive su martes santo con dos hermandades que se abrazan en la plaza

A las 21.00 en punto, los tambores dejaron de ser ruido para convertirse en latido. Dos puertas se abrieron al mismo tiempo en Soria: la de Nuestra Señora del Carmen y la de Nuestra Señora del Espino. Salieron dos silencios distintos: uno morado, otro rojo sangre. Se encontraron en la plaza Mariano Granados, se saludaron con la mirilla baja y, sin trampa ni retórica, iniciaron la marcha conjunta hacia San Pedro. Así arrancó el Martes Santo soriano, un duelo de imaginería y bronce que este año cumple 75 años de historia viva.

La oración en el huerto estrena compañía

La cofradía del Carmen estrena trío: Pedro, Santiago y Juan, ahora tallados en madera de ciprés y dormidos a los pies de un Cristo que ya no se agobia solo. El paso verde y oro —con faldón de terciopelo rojo bordado a mano— lleva el emblema bordado de la hermandad y un ángel que le acerca el cáliz. «Pase de mí este cáliz», murmura la estatua. El escultor Emilio Morón ha firmado las nuevas figuras; el coste, 42.000 euros pagados a cuartos durante tres años de rifas, domingos de mercadillo y aportaciones anónimas.

El estreno obliga a cambiar el ritmo. Los 84 costaleros han ensayado desde enero con sacos de arroz de 20 kg para compensar el peso extra. «Se nota la diferencia en el giro de la esquina de San Agustín», confiesa Manuel Cuesta, hermano mayor. «El paso se vuelve más lento, más pausado, como si el Cristo necesitara ese segundo de duda antes de subir al Gólgota.»

La flagelación saca los siglos a la calle

La flagelación saca los siglos a la calle

Mientras, la Espino despliega el dolor en dos tiempos. Primero el Cristo atado a la Columna, tallado en 1590 y restaurado en 1998 después de que un incendio dejó cicatrices en el cuello. Luego el sayón de la Flagelación, escuela de Olot 1951, con el látigo en alto y la mirilla de mármol que parece seguirte hasta la esquina de Los Herreros. El trono va sin flor; solo cera roja y un olor a romero que se mezcla con el hielo de la noche.

La temperatura no da tregua: 3 grados bajo cero. Pero las manos de los portadores van sin guantes: «La piel se adhiere mejor al palo», dicen. El frío es parte del penitente. A la altura del Reloj, una mujer ofrece aguardiente de hierba en tacitas de loza. Nadie rechaza. «Es la primera vez que viene mi hija», susurra. La niña, de ocho años, lleva la medalla de la Flagelación heredada de su abuela.

El encuentro en la plaza es breve, protocolario, pero cargado de electricidad. Los hermanos mayores se estrechan la mano, se tocan el hombro, se intercambian un ramillete de flores secas. Los tambores callan. El silencio dura exactamente 47 segundos. Alguien tose. Luego vuelve el redoble y las dos procesiones se funden en una sola columna que sube por San Juan hasta la puerta de San Pedro. Allí, los pasos se quedarán custodiados bajo candado hasta la madrugana del Viernes, cuando otra vez el bronce avise que la Semana Santa soriana vuelve a respirar.

Cerca de 3.000 personas han desfilado esta noche. La cifra no la da la policía; la da el olor a cera y a ropa de abrigo que queda pegado a las piedras. El año que viene la Oración cumplirá 76 y quizá estrene manto. La Flagelación seguirá con sus siglos encima. Y Soria, otra vez, bajará la persiana del frío para escuchar cómo el tambor le cuenta al cielo que el tiempo no pasa, se arrastra con paso lento y pesado, como un paso de Semana Santa.