Sorrentino desmonta al político perfecto: su nueva película es un manifiesto contra la brutalidad del poder

Paolo Sorrentino ha vomitado ya tantos monstruos en traje de seda que ahora necesitaba retratar a un hombre decente para no ahogarse. La Grazia, su última película, acaba de aterrizar en Latinoamérica y trae consigo una pregunta incómoda: ¿qué le pasa a un presidente que aún tiene vergüenza?

Un presidente que llora de verdad

Mariano De Santis, el personaje que interpreta Toni Servillo, duena en el Quirinale rodeado de frescos y fantasmas. Lleva cuarenta años llorando a una mujer que lo traicionó y que sigue gobernándolo desde la tumba. Sorrentino no le ha puesto la careta de Sergio Mattarella, aunque la prensa italiana lo insinúe; le ha cosido el alma de varios presidentes católicos, viudos, juristas, hombres que dudaban antes de firmar.

La historia arranca cuando De Santis debe decidir sobre la eutanasia y un indulto. Dos firmas que pueden rajarsele el alma. «He representado políticos que hacían del espectáculo su marca», dice Sorrentino a EFE. «Ahora quería mostrar la otra cara de la moneda: el poder que duele, el que se levanta de madrugada para leer informes y recuerdos.»

Por qué duele ver a un buen presidente

Por qué duele ver a un buen presidente

Servillo se llevó la Copa Volpi en Venecia por este papel que no grita, que se consume por dentro. «La política debería despojarse de esa ostentación, de esa guerra de quien tiene la voz más potente», sentencia el actor. La frase suena a despedida: él y Sorrentino ya contaron a Giulio Andreotti en Il Divo y a Silvio Berlusconi en Loro, dos bestias del espectáculo. Ahora necesitaban creer que otro tipo de político era posible, aunque solo fuera en la pantalla.

El rodaje se convirtió en un paseo por los salones donde los papas dormían con sus concubinas. La cámara de Sorrentino se demora en los mármoles como quien acaricia una herida. De Santis transita esos pasillos con paso de náufrago: sabe que su decencia es una rareza, casi un defecto.

Lo que nadie cuenta del estreno

La película se ha estrenado en Colombia, México, Argentina y Uruguay en medio del tumulto electoral. En los cines de Bogotá algunos espectadores aplaudieron al final; en Buenos Aires hubo silencio, el mismo silencio que deja la noticia de un político honesto. Sorrentino no firma un panfleto: deja que la soledad del personaje hable por él. «Una película puede describir cómo debería ser el poder, no solo cómo es», zanja el director.

La cifra habla por sí sola: La Grazia costó quince millones de euros y ya ha recuperado la mitad en ventas internacionales. El público quiere creer que un presidente puede firmar una ley de eutanasia y llorar. Quiere creer que la decencia no es un defecto de rodaje, sino un guion posible.

Servillo tiene 64 años y lleva tres décadas trabajando con Sorrentino. Dice que al terminar el rodaje guardó el traje de De Santis en su casa de Nápoles. «No me lo quito del armario», confiesa. «Me sirve para recordar que hubo un tiempo en que los políticos se avergonzaban.» La frona suena a epitafio. La película se acaba, el Quirinale sigue ahí, y afuera los candidatos siguen gritando. Sorrentino ya ha hecho su parte: ha filmado un milagro y lo ha dejado respirar.