Starmer encara las urnas con la guerra como telón de fondo y farage pisándole los talones

Keir Starmer subió al estrado de Wolverhampton este lunes y, sin soltar la mirada, admitió lo que muchos británicos murmuran en los pubs: el 7 de mayo votaremos con el miedo a otra factura de luz desorbitada y a la posibilidad de que Ucrania o Irán terminen de desbaratar la economía. El primer ministro lanzó la campaña laborista para las locales justo cuando YouGov le sitúa por detrás de Reform UK, la formación de Nigel Farage, que ya roza el 23 % de intención de voto frente al 19 % de los laboristas.

La guerra entra en las urnas

Starmer no se anduvo con rodeos: «La gente mira sus pantallas y se pregunta si esto va a escalar aún más». La frase, dicha entre aplausos controlados, resume el clima de la campaña. El Reino Unido mantiene el pulso por Ucrania desde hace cuatro años y ahora suma el frente iraní, que encrespa los mercados de petróleo y aviva el temor a nuevos ataques a buques en el estrecho de Ormuz. El primer ministro prometió que no habrá tropas en Irán, pero dejó caer que el Gobierno defenderá «intereses británicos» y apoyará a los aliados del golfo Pérsico. Traducción: más despliegues navales y misiles de defensa que, tarde o temprano, se pagarán con impuestos.

El problema para Starmer es que la economía no le da respiro. El año pasado la factura media anual de gas y luz rondó los 1.900 libras; los analistas prevén que la nueva oleada de tensiones puede empujarla otra vez por encima de las 2.000. En los barrios obradores de Birmingham o Leeds eso se traduce en elegir entre encender la calefacción o llenar la nevera. Y ese votante, el que decide en los últimos cinco minutos antes de cerrar el colegio electoral, ahora escucha a Farage prometer «cortar el chorro de ayuda exterior» y bajar impuestos de forma «inmediata». El mensaje cala.

El fantasma de farage recorre el mapa

El fantasma de farage recorre el mapa

Reform UK no solo lidera en intención de voto nacional; ya controla concejos como Hartlepool y amenaza con arrebatar bastiones laboristas en el norte de Inglaterra. La última oleada de YouGov sitúa a los Verdes terceros con un 18 %, una cifra que hace diez años parecía ciencia-ficción, mientras los conservadores se hunden al 17 % y los liberales demócratas se desmorinan al 13 %. El mensaje es claro: el centro político se desplaza hacia la derecha populista y la izquierda verde, y Starmer queda atrapado en el medio sin lograr que su discurso de «estabilidad» emocione a nadie.

En Wolverhampton, el primer ministro apeló al «orgullo laborista» y prometió «un Reino Unido para todos». Pero fuera del recinto, los periodistas preguntaban por los 40.000 millones de libras de deuda extra que el Tesoro tendrá que colocar si la guerra encarece el crudo. La respuesta fue un «no comment» que resonó más que cualquier eslógan. Mientras tanto, Farage sigue recorriendo los mercados con su autocar de campaña, repitiendo que «los laboristas y los tories nos han metido en este lío». La foto se completa con los verdes exigiendo un impuesto a los súper-ricos y los conservadores pidiendo elecciones generales anticipadas, algo que Starmer rechaza de plano.

La fecha clave es el 7 de mayo. Ese día se eligen 107 ayuntamientos ingleses, el Parlamento galés y el escocés. Si Reform UK repite sus avances de los últimos meses, el laborismo perdería el control de municipios clave como Bolton o Sunderland. Y ahí viene la tormenta perfecta: un verano con posibles apagones por precios del gas, un otoño con huelgas en el NHS si el Gobierno congela sueldos públicos, y un invierno donde la oposición ya no vendrá solo de los tories, sino de un populismo que ha aprendido a hablarle al bolsillo. Starmer lo sabe. Por eso, antes de subirse al coche oficial, miró a los camarógrafos y soltó: «No podemos permitirnos el lujo de perder el norte». La frase sonó a epitafio anticipado.