Sudán del sur arde: 73 mineros masacrados y 30.000 huidos en una semana
Las máquinas de Jebel Iraq aún vibraban cuando los hombres armados irrumpieron. Setenta y tres cuerpos quedaron tendidos entre la batea y el mercurio; veinticinco más arrastraron sus heridas hasta el único médico del pueblo. En la misma semana, a 400 km, en Nyatim, los niños de Jonglei aprendieron a masticar hojas hervidas porque el grano se acabó.
La masacre que nadie filmó
James Wani Igga, vicepresidente desde el palacio de Yuba, condenó la “brutalidad cobarde” en un tuit. Pero en Jebel Iraq no hay cobertura ni electricidad; la noticia llegó a pie, como casi todo en Ecuatoria Central. El ataque ocurrió al amanecer: los mineros —la mayoría, jornaleros sin contrato— habían pasado la noche abriendo un tajo para sacar oro de río. Los atacantes no robaron. Solo dispararon, recogieron los teléfonos y se perdieron en la espesura.
El gobierno promete “investigación formal”, pero la frase suena a eco: en los últimos tres años la zona ha registrado al menos doce incursiones similares, ninguna esclarecida. La diferencia esta vez es la cifra. Setenta y tres convierte al lunes negro de Jebel Iraq en la peor matanza de civiles desde el fin oficial de la guerra civil en 2020.

30.000 Pasos hacia la nada
Mientras Igga escribía, Nyaluat caminaba. Llevó a sus cuatro hijos 50 km desde Nyatim hasta Chuil, un punto en el mapa que solo existe porque allí hay un pozo sin bomba. “Los adultos intentamos ser fuertes, pero los niños mueren ante nuestros ojos”, le contó a Médicos Sin Fronteras. La organización calcula que 30.000 personas han huido en cuatro semanas, perseguidas por bandas que roban ganado, queman graneros y secuestran mujeres lactantes.
La diarrea acuosa y la malaria han matado a una docena de menores en los últimos días. Los supervivientes se alimentan de nymphaea, un nenúfar acuático que hincha el estómago y basta para engañar al hambre hasta la próxima bocanada de violencia. “Atascados” es la palabra que usa Gul Badshah, jefe de operaciones de MSF, para describir a quienes ya no tienen fuerzas ni dinero para huir más lejos.
El ciclo es cronometrado: pastores nómadas bajan cada temporada buscando pasto; agricultores Dinka y Nuer defienden los surcos; los rifles resuelven lo que la sequía y el Gobierno no administran. El cambio climático solo ha apretado el reloj: la región ha perdido un 15 % de sus tierras de cultivo en dos décadas, según la FAO, y los acuerdos de paz de 2018 no incluyeron un mapa de pastos, solo reparto de ministerios.
El resultado: un país que exporta petróleo mientras su gente se muere por una manzana. Sudán del Sur produce 170.000 barriles diarios; el barril ronda los 80 dólares. Pero el 80 % de su población vive por debajo del umbral de pobreza. El oro de Jebel Iraq y el ganado de Jonglei se convierten así en los últimos recursos que valen una bala.
Conchi Roque, desde Juba, donde la noche huele a petróleo quemado y a miedo que no se declara.
