Tamara paganini vuelve a la casa que la hizo pedazos: 'pensé en suicidarme'

Tamara Paganini cruza esta noche la puerta de Gran Hermano con el mismo gesto desafiante de 2001, pero con una mochila cargada de muertes, terapias y la certeza de que el reality puede matar. La producción la presenta como 'la bomba' que revivirá la Generación Dorada; ella avisa que regresa para desnudar lo que el formato le robó: 'No vengo a jugar, vengo a hablar de lo que nadie quiere escuchar'.

La noche en que la fama supo a pólvora

La última vez que pisó ese estudio, Tamara tenía 26 años y salió segunda. Afuera la esperaban cientos de manos que no aplaudían: le escupían la cara, le gritaban 'puta' y la perseguían hasta la puerta del psicólogo. 'Diez años de terapia', repite ahora, como quien suelta el peso de una losa. En la entrevista que le dejó temblando a Telefe, reveló que la depresión la llevó tres veces al borde del andén: 'Pensé en tirarme abajo del tren. No fue un drama televisivo, fue un deseo concreto'.

La muerte de Verónica 'La Colo' Zanzul en marzo pasado cerró el círculo del daño. Tamara recuerda el WhatsApp final: 'Vero me dijo que prefería estar mal en España antes que volver a ser la muñeca de Gran Hermano en Argentina'. El cuerpo de Zanzul fue encontrado en un piso de Madrid tras años de internaciones psiquiátricas. Su caso se suma a la lista de ex participantes que no pudieron digerir la fama repentina: uno se quitó la vida en 2010, otro murió de sobredosis en 2018. La productora nunca ofreció seguimiento clínico post-emisión.

El negocio de los 200 exgranhermanos sin trabajo

El negocio de los 200 exgranhermanos sin trabajo

Mientras Del Moro promete 'la vuelta de la auténtica', Tamara tira los números que nadie quiere sumar: 'Hay doscientos ex participantes en Argentina, ¿de dónde sacás laburo para todos?'. La frase huele a culpa disfrazada de realidad. La mayoría terminó como animadores de fiestas privadas, vendedores de cosméticos o, directamente, desaparecieron del mapa. Ella misma probó suerte con un programa de cocina que duró tres meses y después pasó quince años lejos de la tele, criando a sus hijos y pagando los sesiones de psicología que el canal le negó.

El contrato que firmó esta vez incluye una cláusula de salud mental: terapia semanal y libertad para abandonar sin penalización. Es la primera vez que Gran Hermano acepta esa condición. 'No es un favor, es lo mínimo después de lo que nos hicieron', advierte. La audiencia, sedienta de nostalgia, ya la da como ganadora; ella advierte que el premio no alcanzará para cerrar las heridas de 2001.

Tamara entra a la casa sabiendo que la están viendo para que explote otra vez. Pero esta vez trae un escudo: la historia de lo que le pasó, la de sus compañeros muertos y la certeza de que el reality show no es un juego, es una máquina de moler carne que firma contratos por ratings y despacha traumas a domicilio. El lunes, cuando se prendan las cámaras, ella no sonreirá. Dirá: 'Estoy acá para que no le pase a ninguno lo que nos pasó a nosotras'. Y ahí sí, quizás, la producción entienda que la ficción ya no es tan divertida.