Un robot de 35 kg pega una zurra a un crío en plena feria china y estalla la bronca

El G1 de Unitree Robotics llevaba horas bailando sin fallo ni un solo compás. Giró de golpe, extendió el brazo y estampó la palanca metálica en la cara de un niño que contemplaba la coreografía desde la primera fila en Xi’an. El crío lloró, el público gritó, los operarios irrumpieron con palos como si persiguieran a un perro rabioso. En diez segundos, la feria de innovación se convirtió en el vídeo viral que hoy devora TikTok y Weibo.

El golpe que desnuda la brecha de seguridad

El modelo G1 pesa lo mismo que un set de pesas olímpicas: 35 kilos de aluminio y motores sin freno alguno que, en teoría, deberían detenerse cuando detectan un obstáculo biológico. La cámara captó cómo el sensor de proximidad falló y el autómata interpretó la cabeza del pequeño como parte del escenario. Resultado: una brecha en el labio superior, tres puntos de sutura y una factura médica que la organización aún no ha pagado. El segundo niño, el que solo fue rozado, lleva dos días sin poder masticar chicle: la mejilla le duele al contacto del aire.

Lo que nadie cuenta es que el manual de Unitree advierte, en letra pequeña, que el G1 necesita un perímetro de seguridad de 1,5 metros. En la feria, la cinta que delimitaba la zona se rompió minutos antes del incidente: un fotógrafo la pisoteó para conseguir el plano perfecto. La empresa, consultada por este medio, se limitó a remitir a su cláusula de “uso bajo supervisión profesional”. Traducción: la culpa es del espectador que se acercó demasiado.

La reacción china: bromas, pánico y un meme que ya tiene camiseta

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En Weibo, el hashtag #RobotZurdoSuperPoderes acumula 120 millones de lecturas. Alguien ha fotografiado al G1 con una capa de Superman y la frase: “Entrenando para la rebelión”. Otra cuenta vende playeras estampadas con el brazo del robot y la leyenda: “Te voy a enseñar a bailar… a la fuerza”. Entre risa y risa, la preocupación late: los padres piden que se prohíba la presencia de androides en parques temáticos y centros comerciales. Una madre dejó escrito en el muro de la feria: “Prefiero que mi hijo se enamore del iPad a que le rompa la cara una máquina de 13.500 dólares”.

La cifra habla por sí sola: Unitree ha vendido 4.200 unidades del G1 en el último año, la mitad a compradores chinos que lo usan desde clases de programación hasta bodas corporativas. Ahora, los ayuntamientos de Shenzhen y Cantón han suspendido licencias para exhibiciones públicas de robots humanoides hasta que se apruebe un protocolo de seguridad nacional. El plazo: indefinido.

No es un fallo aislado: la lista de percances crece

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En enero, otro G1 pateó en la ingle a su propio ingeniero durante un directo de Twitch. En abril, un modelo idéntico fue retirado de un restaurante de Disney en California tras empezar a mover los brazos como si desactivara una bomba: los clientes abandonaron el local antes de que llegara el postre. Unitree siempre responde con la misma letanía: “Actualizaremos el firmware”. Pero la actualización no cura el miedo.

El problema no es el software; es la velocidad a la que se lanzan al mercado productos que se venden como “casi humanos” cuando aún no entienden la fragilidad de la carne. El G1 puede hacer la vertical, pero no distingue entre aplaudir y agredir. Esa es la verdadera brecha: no entre humanos y máquinas, entre la promesa comercial y la realidad física.

Mientras tanto, el niño golpeado ha vuelto al colegio con un morado que cambia de color cada día. Sus compañeros le preguntan si el robot le dio “superpoderes”. Él responde que no, que solo le dejó ganas de estudiar derecho: “Para demandar al que olvidó ponerle freno de emergencia”. La lección no está en el código; está en la costura de su labio: la tecnología avanza, pero la responsabilidad sigue siendo humana, o no es responsabilidad.