Touadera sella su tercer mandato en bangui con promesas que ya escuchamos en 2016

El estadio Barthélemy Boganda, con sus 20.000 asientos medio vacíos, fue el escenario que eligió Faustin Archange Touadera para proclamar la “Séptima República” y jurar que esta vez sí acabará con la impunidad. El mismo discurso de hace ocho años, el mismo aire de desfile militar, la misma corrupción que Transparencia Internacional cifra en 24/100. En la República Centroafricana, el tiempo se mide en promesas rotas.

El mandato que nadie pudo vetar

La trampa estaba montada antes de la campaña: un referéndum exprés en julio alargó el mandato de cinco a siete años y borró el límite de reelecciones. Con el 77,9 % de los votos —y un 70 % de abstención que nadie menciona— Touadera se aseguró permanecer en el Palacio del Renacimiento hasta 2031. El ex primer ministro Anicet-Georges Dologuélé, su único rival con peso real, apenas logró el 13,5 %: suficiente para dar color, no para hacer sombra.

El cóctel de poder que sostiene al presidente sigue siendo el mismo que en 2020: instructores rusos del Grupo Wagner —ahora bajo la bandera del Ministerio de Defensa de Moscú— y 14.000 cascos azules de la Minusca que patrullan un país del tamaño de Francia con apenas 900 km de carretera asfaltada. Sin ellos, Bangui caería en 48 horas. Touadera lo sabe y por eso su discurso viró hacia la soberanía económica, no hacia la militar.

Diamantes sin talla y uranio bajo tierra

Diamantes sin talla y uranio bajo tierra

La economía a la que apela el mandatario es una caja fuerte vacía: 71 % de pobreza extrema, un tercio de la población desplazada y exportaciones que se fugan por la frontera camerunesa en camiones sin papeles. El país produce 400.000 quilates de diamantes al año, pero el Tesoro apenas ve el 15 % del valor. El resto se lo reparten comisionistas libaneses, generales con gafas Ray-Ban y oficinas fantasmas en Douala.

El Plan Nacional de Desarrollo 2024-2028 promete “participación directa del Estado” en oro, uranio y petróleo del norte. La ironía: los yacimientos están bajo control de la Coalición de Patriotas por el Cambio, la última alianza rebelde que rechaza el acuerdo de paz de 2019. Para Touadera, la solución pasa por crear une société nationale des mines. Para los guerrilleros, es una declaración de guerra.

La impunidad que viste de uniforme

“La ley se aplicará con todo su rigor”, gritó el presidente ante unos 5.000 militantes transportados en autobuses escolares. La frase sonó a burla: la Liga Centroafricana de Derechos Humanos recuerda que desde 2016 solo ha habido dos condenas por crímenes de guerra, ambas contra ex rebeldes menores de edad. Mientras, los denominados “officiers généraux” —ex Seleka y anti-Balaka integrados al ejército— cobran salarios fantasmas y controlan aduanas clandestinas en Bambari.

La Minusca lleva años entregando listas de presuntos autores de masacres al tribunal de Bangui. Las carpetas acumulan polvo. El último caso: el coronel Mahamat Salleh, señalado por la ONU por la ejecución de 17 civiles en 2021, fue ascendido a general el mes pasado. La impunidad, lejos de acabarse, acaba de recibir un nuevo galón.

¿A quién le teme realmente touadera?

El discurso de ayer omitió un nombre: François Bozizé. El exdictador, que regresó de su exilio en Uganda, sigue acechando desde su feudo de Bossangoa. Su partido, Kwa Na Kwa, fue disuelto por decreto en enero, pero Bozizé conserva la chispa de los militares que lo proclamaron en 2003. En privado, diplomáticos franceses aseguran que Touadera teme más un golpe de palacio que una nueva rebelión rural.

Por eso el presidente aumentó el presupuesto de la garde présidentielle un 42 % en plena crisis alimentaria. Por eso los rusos entrenan ahora a un batallón de élite compuesto por 800 jóvenes de su tribu gula. El miedo no huele a pólvora; huele a París, Moscú y a la próxima cumbre de la Unión Africana que decidirá quién paga la factura de la Minusca en 2025.

El acto terminó con un desfile de tanquetas soviéticas y una banda militar que versionó La Marseillaise. Afuera, en los barrios de PK5, los vendedores de coltan ilegal cerraron temprano: saben que cuando un presidente repite el mismo juramento, lo único que cambia es la fecha del calendario. Bangui se durmió bajo toque de queda. La Séptima República ya suena a la sexta estafa.