Tres cascos azules arrancados de golpe: el sur del líbano vuelve a sangrar
La explosión no ha dejado ni tiempo de gritar. El vehículo de la FINUL se ha deshecho en Bani Hayan y con él se han llevado por delante la vida de tres soldados indonesios que ayer respiraban bajo el mismo cielo que hoy los cubre de polvo y silencio. El Ministerio de Exteriores ha salido a la palestra con la misma retórica de siempre —condena «rotunda», «sentidas condolencias», llamamiento a la resolución 1701—, pero en el sur del Líbano los huesos no escuchan declaraciones.

La cuenta atrás de una muerte anunciada
Fahrizal Rambe murió el domingo en Taibe, víctima de un proyectil que nadie se ha atrevido aún a adjudicar. Rico Pramudia, su compañero, lucha entre cables y sueros en un hospital de Beirut. Dos nombres más se han sumado a la lista este lunes: los que viajaban en el blindado que alcanzó un artefacto «de origen desconocido», según el eufemismo de la ONU. La misión de la FINUL lleva años advirtiendo de que cada patrulla es una ruleta rusa; los cascos azules lo saben, pero los estados miembros prefieren mirar hacia otro lado mientras siguen mandando soldados a un tablero sin reglas.
El Ejecutivo de José Manuel Albares insiste en que «la soberanía del Líbano es condición indispensable para la paz». Bonita frase. Lo que calla es que el sur del país ha dejado de ser territorio libanés hace tiempo: es un enclave donde Hezbolá dispara, Israel responde y los cascos azules se convierten en blanco móvil. La resolución 1701 —esa que ahora se cita como si fuera un amuleto— lleva diecisiete años sin cumplirse. ¿Qué sentido tiene invocar un papel cuando las tropas que deberían protegerlo caen asesinadas?
Indonesia, país que aporta más de mil efectivos a la FINUL, ha perdido ya a diez hombres desde 2007. La cifra habla por sí sola: allá donde la comunidad internacional pretende imponer paz con banderas azules, la muerte se viste de verde oliva. Y España, que mantiene una fragata en la UNIFIL y despliega instructores en el campo, bien podría preguntarse cuánto tiempo más va a seguir enviando jóvenes a un escenario donde el único monopolio sobre la fuerza lo ejercen los que no firman tratados.
El sur del Líbano no necesita declaraciones: necesita que alguien devuelva la voz a los que ya no pueden hablar. Mientras tanto, la FINUL contará de nuevo los cadáveres, rellenará partes y aguardará al siguiente estallido. La paz, esa palabra que tantas veces se ha repetido que ya huele a pólvora, seguirá siendo un eufemismo para justificar que los muertos vayan por libre.
