Tres cascos azules mueren en el sur del líbano y españa clama: basta ya

La explosión calcinó el vehículo cerca de Bani Hayan y dejó en la tierra tres uniformes indonesios. Otro soldado, Rico Pramudia, lucha entre la vida y la muerte en un hospital de Beirut. La FINUL acaba de confirmar lo que el Ministerio de Exteriores temía: la violencia ha vuelto a cobrarse la paz.

La resolución 1701, papel mojado en la frontera sur

La resolución 1701, papel mojado en la frontera sur

José Manuel Albares no ha andado con eufemismos. Su despacho calificó de «rotunda» la condena y exigió «protección real» para los cascos azules. La frase suena a desgana diplomática cuando el cadáver de Fahrizal Rambe aún estaba caliente. El proyectil que lo alcanzó en Taibe no distingue entre banderas: ni la azul de la ONU ni la rojigualda que ondeaba en el campamento español.

El sur del Líbano se ha convertido en un tablero donde Hezbolá, milicias locales y restos del conflicto sirio disputan cada colina. La FINUL, mandato 1701 mediante, debería disuadirlos. Pero lo cierto es que sus patrullas avanzan entre minas artesanas y drones artillados. La última estadística es brutal: cinco muertos en diez días, el peor registro desde 2006.

La soberanía que invoca Albares es, en la práctica, una línea dibujada en el mapa que nadie respeta. El Ejército libanés, con sueldos congelados y tanques de la era soviética, observa desde lejos cómo los grupos armados imponen sus propias leyes. España lo sabe bien: nuestros soldados han tirado al suelo más de 200 veces en los últimos meses cuando sobrevolaban proyectiles. La diferencia es que ahora los impactos ya no son advertencias.

Indonesia, mayor contribuidor de tropas a la FINUL, estudia retirar su contingente. Si lo hace, caerá el primer dominó: Malasia y Nepal ya han pedido reevaluar su presencia. La misión, concebida como escudo humano, se quedaría sin escudo y sin humanos. En Madrid, el Consejo de Ministros prepara una oferta: desplegar más ingenieros y médicos, pero exige blindaje adicional que la ONU no puede costear.

La ironía duele: la resolución que debía garantizar la paz se ha convertido en certificado de defunción. Mientras, en los pueblos de Marjayún, los niños siguen jugando a lanzar piedras a los cascos azules. No lo hacen por odio, sino porque nunca han visto otro tipo de soldado. La normalidad, en esta franja de 30 kilómetros, se mide en explosiones por semana. La última cifra habla por sí sola: doce. Y todavía quedan seis días para que termine el mes.