Tres cascos azules mueren en líbano y robles admite que ni siquiera sabe quién apretó el gatillo

Un ataque doble en la madrugada del lunes ha dejado tres cascos azules indonesios muertos y un herido crítico en el sector que España controla en el sur del Líbano. Margarita Robles sale del Congreso y confiesa lo que nadie quería oír: desconocemos el origen de los disparos, los artefactos, la mano que disparó. La investigación corre a cargo de las autoridades internacionales y las autopsias, que se practicaban este martes, podrían tardar semanas en ofrecer un relato creíble.

La brigada española se juega la piel en un tablero sin dueño

La brigada española se juega la piel en un tablero sin dueño

El general Antonio Bernal lidera 672 soldados españoles, 12 guardias civiles y 8 intérpretes desde noviembre. Su misión, bajo la sombra de la FINUL, termina en diciembre, pero el cronómetro se ha vuelto una amenaza. El 1 % de los 10.000 cascos azules desplegados en el país se aglutina en su sector: 3.000 hombres que custodian una franja donde Hezbolá, Israel y milicias locales juegan al ajedrez con fuego.

Robles repite la letanía de siempre: admiración, reconocimiento, precaución. Pero el tempo de la guerra se impone. Hace un mes Hezbolá reanudó el lanzamiento de misiles y drones contra Israel; Estados Unidos e Israel respondieron bombardeando objetivos iraníes; el Ejército israelí desplegó tropas en el sur del Líbano y un millón de civiles chiíes huyeron hacia el norte. El país se ha partido en dos y la zona de seguridad que Israel promete dibujar sobre mapas aún no existe fuera de los titulares.

En ese vacío legal quedan los españoles. Sus reglas de engajamiento les obligan a no disparar salvo en legítima defensa; sus instrucciones les ordenan proteger a la población libanesa; su instinto les grita que cada curva del camino puede esconder un artefacto. La ministra lo resume con un eufemismo: circunstancias complicadas. Los traduce el teniente que regresa en helicóptero: allí se respira pólvora desde que amaneces.

España se aferra a la ONU como quien se agarra a una balsa en alta mar. Robles lo deja claro: permaneceremos siempre con Naciones Unidas. Pero el Consejo de Seguridad debate cada seis meses si renueva el mandato y la paciencia de Israel se agota. Mientras tanto, la FINUL se financia con el dinero de quienes dudan de su utilidad y depende del permiso de quienes disparan. El cuartel general en Naqoura recibe informes que nadie lee y planes de evacuación que nadie firma.

La tragedia de los indonesios podría pasar mañana a los españoles. El herido grave, un militar que respondía al nombre de Adnan, fue evacuado a un hospital de Jerusalén con lesiones que los médicos catalogan de extrema gravedad. Su familia vuela hacia un país que no conocía y que, de momento, le debe una explicación. Las autopsias intentarán determinar si los fragmentos proceden de un obús israelí, de un mortero chií o de un artefacto casero. El resultado condicionará la respencia diplomática, pero nadie cree que cambie el rumbo de una guerra que se alimenta de venganzas anteriores.

En Madrid, la ministra termina su comparecencia y repite el número: 672 españoles. La cifra habla por sí sola. Son 672 apuestas individuales contra un tablero donde las reglas se reescriben cada amanecer. Cuando se apaguen las cámaras, Bernal seguirá repartiendo órdenes en un cuartel que huele a cloro y a café rancio. En algún punto del sur del Líbano, un desconocido recarga su fusil y espera. La próxima vez el muerto podría tener nombre español y, entonces, ya no valdrán los eufemismos.