Trump abandona a sus aliados: el estrecho de ormuz ya no es problema de ee.uu.
Washington ha cambiado de bando en su propia guerra. Donald Trump acaba de declarar que quienes no se sumaron al bombardeo contra Irán deben arreglárselas solos: «Id a por vuestro petróleo». La frase, lanzada desde su red social Truth Social, suena a sentencia: el bloqueo del Estrecho de Ormuz —clausurado por Irán desde hace semanas— deja de ser un asunto estadounidense.
Mientras el crudo supera los 100 dólares y la economía global respira sobre un barril de pólvora, el presidente ha decidido que la OTAN, el Reino Unido, Japón o Corea del Sur deben «encontrar un poco de coraje tardío» y abrirse paso a cañonazos entre las minas iraníes. La Casa Blanca, por boca de su portavoz Karoline Leavitt, confirma la nueva doctrina: la prioridad es acabar con los misiles y el programa nuclear de Teherán, no garantizar el flujo de hidrocarburos para el resto del planeta.
El mensaje que nadie pidió
Trump habla desde la certeza de que Estados Unidos ya no necesita el petróleo del Golfo Pérsico. El país exporta más crudo que nunca y el gasoducto interno late a ritmo de independencia energética. Por eso puede permitirse el lujo de mirar a sus socios y decirles que compren barriles texanos mientras Irán reduce a cenizas los buques que se atreven a cruzar el estrecho. El chantaje es descarnado: si quieren crudo, que lo paguen en sangre propia.
La jugada tiene un efecto dominó instantáneo. Londres, que rechazó sumarse a la ofensiva israelo-estadounidense, ve cómo sus refinerías se quedan sin combustible de aviación. Tokio, que depende del 90 % de las importaciones de gas licuado que atraviesan Ormuz, enciende el protocolo de racionamiento. Y la economía alemana, ya al borde de la recesión, recibe un golpe en el nervio energético que puede costarle otro punto de PIB.

Cómo se fragó la traición
El 28 de febrero, Trump y Netanyahu dieron el pistoletazo sin consultar a la OTAN. La operación, bautizada internamente como ‘Decapitación’, buscaba destruir en 72 horas la infraestructura militar iraní. Han pasado más de treinta días y Teherán sigte lanzando misiles contra bases estadounidenses en Siria y hundiendo petroleros bajo bandera de países neutrales. El estrecho, en lugar de abrirse, se ha convertido en un cementerio flotante.
En la llamada con CBS, Trump matizó que Irán ya no es «una amenaza real» y que retirará «en algún punto» los portaaviones y bombarderos desplegados. La palabra clave es «algún punto»: ni fecha ni condiciones. Mientras tanto, el resto del mundo puede armar una coalición improvisada o rezar para que el crudo de Texas alcance a llenar los depósitos de AvGas en Heathrow o Narita.
La ironía es demoledora: el país que lideró guerras por petróleo durante medio siglo ahora se lava las manos. El resultado es un vacío de poder que nadie quiere llenar. Ni la UE, que no tiene portaaviones, ni China, que prefiere comprar silenciosamente crudo ruso, ni la India, que negocia descuentos con Teherán a espaldas de todos. Ormuz se ha convertido en un espejo donde cada potencia ve su propio miedo.
El precio del barril ya no responde a oferta y demanda; responde a quién tiene barcos de guerra dispuestos a escoltar petroleros. La respuesta, hoy, es nadie. Y mientras el mundo discute sanciones y subsidios, los depósitos de aviación se vacían y las aerolíneas empiezan a cancelar vuelos de largo radio. La crisis energética no es una amenaza lejana: es el próximo despegue que no despegará.
Trump ha dicho su última frase sobre el asunto: «Si quieren petróleo, que vayan y se lo lleven». Traducción: la superpotencia que inventó la seguridad colectiva acaba de declarar la huelga de geopolítica. El resto del planeta tendrá que aprender a nadar entre torpedos o inventar otra forma de mover sus aviones. El reloj corre: cada día sin paso por Ormuz es otro corte de mangas a la economía global. Y Washington, por primera vez en décadas, mira para otro lado.