Trump arrasa con el derecho de las niñas trans a jugar en minnesota
La denuncia llegó antes que el deshielo. El Departamento de Justicia de EE.UU. ha abierto fuego contra Minnesota por permitir que niñas trans compitan en equipos femeninos, un gesto que, según la administración Trump, convierte las pistas de atletismo en territorio de ‘discriminación sexual’.
El título ix, ahora leído al revés
La querella, presentada en el distrito de Minneapolis, aplica la orden ejecutiva de febrero de 2025 que redefine el sexo como ‘lo que dicta la biología del nacimiento’. Con ese truco legislativo, el gobierno federal reclama que el estado vulnera el Título IX, la misma norma que en 1972 prometió igualdad para las mujeres y que ahora es usada para expulsar a las adolescentes trans de las canchas.
El argumento es tan simple como demoledor: si una adolescente trans corre los 200 m lisos, una compañera cis pierde una plaza. El vestuario, el podio, la beca universitaria: todo, según la demanda, se desploma ante la ‘ideología de género’. El texto habla de ‘flagrante discriminación’ y pone en la diana a la liga de institutos del estado, que hasta hoy se guiaba por la legislación estatal, más amplia que la federal.

3.000 Millones de dólares en la mesa de póker
Lo que nadie susurra en voz alta es la cantidad que se juega Minnesota cada año: 3.000 millones de dólares en fondos federales para educación. El Departamento de Educación estatal recibe ese cheque anual y, de momento, lo mantiene. Pero la amenaza es explícita: si no retira la inclusión trans, el dinero se evaporará. Es la misma técnica que ya probó la Casa Blanca con California y Colorado: cortar la grifa hasta que el rival se doblegue.
Pam Bondi, la fiscal general, lo ha dejado claro: ‘No vamos a financiar políticas que dañan a las niñas’. Robert Kennedy Jr., por su parte, ha sacado la seguridad como escudo: ‘Una adolescente no debe compartir ducha con quien pueda tener pene’. El discurso médico lo brindan ellos; el psicológico, lo silencian.
El silencio de las corredoras
La noticia legal no incluye testimonios de atletas afectadas. Ni una sola niña trans ha sido citada. Tampoco las madres de las supuestas ‘perjudicadas’. El relato es puro engranaje: leyes, dólares y titulares. Pero en los gimnasios de Minneapolis ya circula el miedo. Entrenadores consultados bajo anonimato cuentan que varias corredoras han empezado a esconder su identidad, a no hablar de hormonas, a borrar Instagram. El efecto es el contrario al anunciado: menos chicas en las pistas, no más.
La demanda podría llegar al Tribunal Supremo. Si lo hace, el veredicto no solo decidirá quién puede usar un vestuario: fijará si la identidad de género tiene algún peso constitucional o si, por el contrario, la biología de nacimiento se impone para siempre. Mientras, la temporada de atletismo escolar arranca en abril. Algunas competencias ya se han suspendido por la incertidumbre. Otras se celebrarán con vigilantes de seguridad en los accesos. La línea de salida, literalmente, está custodiada.
Minnesota resiste. El gobernador Tim Walz ha dicho que no cambiará la ley estatal. Pero cada día que pasa, la presión crece y los abogados del estado cuentan los pleitos en curso: cuatro demandas federales, dos amenazas de corte de fondos y una petición de desahucio simbólico de la Casa Blanca. La jugada es clara: si Trump gana este caso, el resto de estados azules caerán como fichas de dominó. La próxima temporada de pistas y campos podría inaugurar la era de los equipos segregados por ADN. Y eso, en pleno 2025, suena más a retroceso que a victoria.
