Trump cumple un año de aranceles que ee.uu. ya no puede pagar

El 2 de abril de 2025, Donald Trump firmó la orden que prometió en campaña: un muro de aranceles que debería haber rehecho la economía estadounidense. Doce meses después, la factura la pagan los consumidores, los jueces frenan cada nuevo giro del timón y el déficit comercial sigue creciendo como la hierba bajo la lluvia.

Los tribunales frenoan la ofensiva arancelaria

La Casa Blanca anunció subidas del 25% sobre acero y aluminio y del 10% sobre productos tecnológicos chinos. Pero apenas el DOJ publicó la lista, Walmart, Target y un puñado de estados republicanos la llevaron ante los tribunales. El juez de distrito Tanya Chutkan dictó una medida cautelar que paralizó la mitad de los gravámenes en 72 horas. El mensaje fue demoledor: sin estudio de impacto, no hay arancel que se sostenga.

Trump reaccionó a la contraofensiva judicial con un bravata en Truth Social: «Los jueces no entienden de comercio». Pero el daño estaba hecho. Las compañías, temiendo quedarse con contenedores varados en los muelles de Long Beach, desviaron pedidos a Vietnam y México. La guerra comercial se volvió guerra contra el reloj.

El bolsillo de ohio paga la guerra

El bolsillo de ohio paga la guerra

En Cleveland, la fábrica de electrodomésticos Whirlpool celebró al principio: los aranceles sobre lavadoras coreanas le devolvían la ventaja de precio. Hoy, los planos de la nueva línea de producción duermen en un cajón. El acero que necesita cuesta un 30% más que hace un año y los consumidores, asfixiados por la inflación, posponen la renovación de cocina. La plantilla ha pasado de tres turnos a dos.

La ironía es brutal: el proteccionismo diseñado para salvar empleos industriales acaba de convertir a Ohio en el estado que más despidos acumula desde enero. La Fed de Cleveland calcula que cada puesto «salvado» en acero cuesta cuatro empleos en sectores que usan acero. La cifra habla por sí sola: 63.000 despidos netos en doce meses.

Pekín aprendió a esquivar

Mientras Washington se peleaba consigo mismo, China reescribió la ruta de los contenedores. Desvió manzanas, vino y soja hacia Indonesia y Tailandia, firmó acuerdos de moneda local con Brasil y canceló de golpe la mitad de los pedidos de aviones Boeing. El gigante asiático cerrará 2025 con un superávit comercial récord: 900.000 millones de dólares, un 18% más que antes de los aranceles.

El consejero delegado de Qualcomm, Cristiano Amon, lo resume con desgana: «Nosotros seguimos vendiendo chips, pero ahora lo hacemos desde una planta en Nuevo León que no existía hace dieciocho meses». La cadena de suministro se ha vuelto tan elástica que ni siquiera el presidente más beligerente logra romperla.

El precio oculto del supermercado

El consumidor apenas menciona la guerra comercial en los grupos de Facebook, pero la siente cada vez que pasa por caja. El café colombiano subió 0,60 centavos la libra, el microondas chino cuesta 40 dólares más y el repuesto para la F-150 se encarece un 22%. El Bureau of Labor Statistics calcula que la tarifa promedio anual de los bienes importados ha crecido 7,3%, la mayor alza desde 1981.

El estrato más golpeado es el que votó a Trump en masa: familias con ingresos entre 45.000 y 75.000 dólares que compran online y reparan sus coches en casa. La inflación inducida por aranceles les resta ya 1.300 dólares anuales de poder adquisitivo, según la Tax Foundation. La promesa de «que otros paguen» se ha convertido en un impuesto camuflado que les llega con cada ticket de compra.

En el ala oeste de la Casa Blanca, los asesores económicos ya no hablan de victoria; hablan de «resistencia». Reconocen en privado que el coste político de los aranceles está alcanzando el umbral del dolor. Faltan 18 meses para las legislativas y los sondeos en Pennsylvania y Michigan dibujan un rojo encendido. La guerra comercial que debía ser el legado presidencial empieza a parecerse a una herida que no cicatriza.

Trump acude a los mítines con la camisa de «America First», pero en los despachos ya se estudia cómo doblar la rodilla sin que se note. El próximo paquete arancelario —previsto para julio— lleva meses en el cajón. La razón: la inflación subyacente no baja del 3,4% y la Reserva Federal avisa que cualquier shock puede blindar los tipos hasta 2026. La victoria que tanto gritó el 2 de abril se ha vuelto un lastre que pesa en cada encuesta. El tiempo, y no la economía, dictará cuándo se firma el alto el fuego.