Trump deja al estrecho de ormuz en la nevera y apunta al corazón militar de irán

El presidente de Estados Unidos ha decidido que el estrecho de Ormuz puede esperar. Mientras sus portaaviones siguen castigando las bases iraníes, Trump ha relegado la reapertura del paso marítimo a un segundo plano y ha dado luz verde a una ofensiva que, según sus propios cálculos, puede alargarse hasta seis semanas.

La guerra en fase dos: bombardear primero, negociar después

La Casa Blanca barajó una misión expresa para forzar la apertura del estrecho, pero los generales le advirtieron: sería una campaña de meses, no de días. El coste político —y el número de buques de guerra adicionales— disuadió al mandatario. Así que Trump ha optado por desplazar la presión: sigue pulverizando hangares de misiles y depósitos de uranio mientras empuja, por vía diplomática, a sus aliados europeos y árabes para que sean ellos quienes, «más adelante», asuman el liderazgo de una operación de escolta conjunta.

El mensaje llegó ayer en forma de doble comunicado. La portavoz Karoline Leavitt ratificó el «plazo de cuatro a seis semanas» de la Operación Furia Épica, sin desvelar cuántos objetivos faltan por cumplir. Horas después, el secretario de Estado, Marco Rubio, dejó claro que el estrecho «se abrirá, de una forma u otra», pero que la iniciativa correrá a cargo de una «coalición global» en la que EE. UU. participará «sin protagonismo directo».

El giro no es gratis. Retrasar la apertura del paso donde discurre un quinto del petróleo mundial eleva la factura del crudo para todo el planeta y obliga a China, India y la UE a racionar reservas. En los mercados de Singapur y Rotterdam el Brent ya se ha encarecido un 11 % en tres días, y los grandes armadores —Maersk, MSC y CMA CGM— han comenzado a desviar buques hacia el cabo de Buena Esperanza, añadiendo 14 días de travesía y 900 000 dólares diarios en flete a cada petrolero.

Teherán niega que existan negociaciones

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Mientras tanto, Irán sigue sin confirmar que haya recibido siquiera la propuesta de tregua que, según Washington, justifica el aplazamiento del ultimátum hasta el 6 de abril. En la prática, los clérigos han convertido el estrecho en un muro de contención: solo dejan circular buques de países que no apoyan la ofensiva estadounidense, y han desplegado lanchas rápidas con misiles antibuque a cada lado del paso de 21 millas.

La partida está servida. Trump gana tiempo para bombardear sin límites visibles; Irán gana tiempo para reforzar sus baterías; y el resto del mundo empieza a contar los días de suministro que le quedan antes de que el embalse global de crudo se derrame por el tubo de escape de una guerra que, ahora mismo, ninguno de los dos bandos parece dispuesto a apagar.