Trump encandila a irán con 20 petroleros y un ultimátum: 'o firman o atacamos'
El hombre que bombardeó a Yamenei en plena misa ahora dice que Teherán le abre el estrecho de Ormuz como 'regalo de cumpleaños'. Mientras, sus pilotos siguen destruyendo la aviación iraní por sectores.
El truco del 28-f: asesinar primero, negociar después
Trump confesó el domingo, entre trago y trago de Coca-Cola a bordo del Air Force One, que las negociaciones con Irán vienen por dos vías: la oficial y la que corre por los pasillos de Omán. 'Contamos con emisarios, pero también tratamos con ellos directamente', soltó, como quien habla de precio de melones. La jugada le sale redonda: mientras sus F-35 arrasan la Fuerza Aérea iraní, él presume de que Teherán le conceda 'la mayoría' de los 15 puntos de su ultimátum. La ironía es demoledora: ayer mismo, un drone MQ-9 pulverizó un hangar de misiles en Isfaján; hoy, Trump celebra que los ayatolás le dejen pasar veinte petroleros gigantes por Ormuz.
El presidente se frota las manos. Asegura que el nuevo grupo que se ha colocado en Teherán —tras el asesinato selectivo de Yamenei y su equipo— es 'mucho más razonable'. Nadie le ha preguntado por los nombres de esos supuestos moderados que, según él, ya le han entregado el 80 % de sus exigencias. Ni falta que hace. La foto que busca es la de un Trump pacificador, capaz de doblar al enemigo sin pisar suelo persa. 'Destruimos toda su Fuerza Aérea y la mayoría de sus misiles', se jactó, antes de avisar: 'Si no firman, atacamos de nuevo'.

La cuenta atrás: semanas de ventaja o una guerra sin fecha
El reloj corre a favor de Washington, o eso cree. El Pentágono calcula que Irán ya no puede responder con su armamento convencional y Trump lo traduce en mensaje electoral: 'Vamos por delante de lo previsto'. Pero hay un detalle que el presidente omite: los Guardias de la Revolución aún retienen lanchas rápidas, drones explosivos y, sobre todo, uranio enriquecido al 60 %. La promesa de que no habrá armas nucleares suena a carta marcada. 'Si las tuvieran, las usarían de inmediato', espetó, como quien habla de una pistola de juguete.
En Teherán, los mercados siguen vacíos y los clérigos se frotan los ojos tras cada explosión. Trump, mientras tanto, ya piensa en la foto del acuerdo: él, firme, y un enviado iraní —nombre aún por confirmar— estrechándole la mano en la Casa Blanca. La condición: que el mundo lo vea como el hombre que mató al ayatolá y luego le dio la paz. Si la jugada falla, el plan B es otro misil. 'Con Irán nunca se sabe', suspiró, antes de bajarse del avión. El mensaje quedó claro: la guerra sigue abierta, pero el show ya empezó.