Trump flirtea con apoderarse del petróleo iraní y el brent estalla

La frase cae como una bomba en el Despacho Oval: "Estoy pensando en quedarme con el petróleo de Irán". Donald Trump lo dice en voz alta, como quien anuncia una mudanza, y el mercado responde antes de que termine la entrevista: el brent se dispara un 2,85 % hasta los 115,78 dólares. La guerra ya no es solo de misiles y drones; ahora también se mide en barriles y centavos.

La isla que todos quieren

En el punto de mira está Jarg, la terminal petrolera que maneja el 90 % de las exportaciones de Teherán. Ocuparla —según los planes que filtran altos mandos en Washington— sería estrangular la arteria principal de un país que vive del crudo como otros del aire. Irán, por supuesto, no se queda de brazos cruzados: 20 buques petroleros ya zarpan este lunes con rumbo incierto y bandera de «no tocar». El mensaje es claro: tocar Jarg es declarar la guerra total.

Mientras tanto, en el Golfo, los drones iraníes dibujan círculos sobre bases estadounidenses e instalaciones israelíes. Cada vuelo es un recordatorio de que el tablero no tiene casillas seguras. Pakistán, incómodo entre dos gigantes enrabietados, ofrece suelo para un diálogo que nadie parece desear. Sale la madrugada y las delegaciones saudí, turca y egipcia abandonan Islamabad sin lograr siquiera una tregua de las palabras.

El precio de un casco azul

El precio de un casco azul

En el Líbano, un segundo casco azul indonesio muere en menos de 24 horas. El convoy humeante en la carretera de Naqura evidencia que ni la bandera de la ONU detiene la cadena de explosivos. La paz, aquí, pesa menos que un bidón de gasolina robado.

En Europa, mientras los ministros del G7 se aprietran las corbatas en París para hablar de inflación y crisis energética, el canciller alemán Friedrich Merz rompe el protocolo y viaja a Damasco. Se sienta frente a Ahmed al Sharaa, el hombre que heredó un país en cenizas, y habla de futuro como si el presente no estuviera incendiado. La foto corre por cable: dos políticos sonriendo mientras el brent bate récords y los refineros recalculan márgenes.

Cuando el crudo llega por detrás

Mientras Washington planea confiscar, La Habana recibe. El petrolero Anatoli Kolodkin, con 700 000 barriles rusos a bordo, atraca en el puerto de Matanzas tras tres meses de sequía. La isla respira, pero el oxígeno viene cargado de sanciones y crudo pesado. Moscú firma el envío como «cooperación energética»; Washington lo archiva como «evasión». El Caribe, otra vez, se convierte en el lago privado donde se esconden los excedentes del mundo.

La guerra comercial cumple un año y el 2 de abril de 2025 ya huele a nafta y a pólvora. La lógica es perversa: cuanto más se estrecha el cerco, más sube el precio del líquido que todos dicen querer dejar de usar. El planeta se llena de datos que nadie sabe leer: 55,5 dólares por MWh de gas natural en Europa, 101,33 dólares el WTI en Nueva York, un casco azul muerto en el Líbano. Las cifras hablan, pero los políticos prefieren sordina.

Trump lo resume en una frase que ya forma parte del folclor bélico: "Si vamos a estar ahí, que valga la pena". Traducción: el petróleo justifica la guerra y la guerra justifica el petróleo. El círculo se cierra cada vez más rápido, como una noria incendiada que nadie sabe detener. Mientras, los mercados abren otra vez mañana a las seis de la mañana. Y el brent, como siempre, será el primero en levantar la mano.