Trump planea apoderarse del petróleo iraní y señala la isla de kharg como botín de guerra
El petróleo vuelve a ser el botín que justifica bombas. Donald Trump confesó este domingo que su fantasía última en Oriente Próximo es apoderarse del crudo iraní y no descarta lanzar un asalto a la isla de Kharg, el terminal marítimo por donde fluye el 90 % de las exportaciones de Teherán. La declaración, dada al Financial Times, enciende la mecha de un conflicto que ya ha disparado el precio del barril Brent un 50 % en treinta días y coloca al estratega de la Casa Blanca a un paso de una ocupación petrolera que recuerda a las guerras del siglo pasado.
La isla de kharg, nuevo tablero de la ruleta energética
Kharg no es un islote cualquiera: tiene 16 km de longitud, un muelle de 3 km y oleoductos que descargan 250 millones de barriles al año. Trump lo sabe. «Quizás tomemos Kharg, quizás no. Tenemos muchas opciones», dijo, como quien habla de elegir entre entrantes en un menú. Su cálculo es frío: si la isla cae, Irán se queda sin caja. El resto es ruido.
El presidente ya probó el argumento en Venezuela. Allí prometió «quedarse con la industria petrolera indefinidamente» tras la detención de Nicolás Maduro. Ahora repite el guion con otra bandera: la media verde, roja y blanca. «Para serles sincero, lo que más me gustaría es apoderarme del petróleo de Irán, pero algunos tontos en Estados Unidos me preguntan: '¿Por qué haces eso?'. Son estúpidos», sentenció. La frase resume su filosofía: el crudo es premio, no materia prima.
Mientras tanto, el mercado ya ha votado con los pies. El Brent tocó este lunes los 116 dólares en Singapur, nivel que no se veía desde el inicio del conflicto. Cada nuevo comunicado de la Casa Blanca encarece el litro de gasolina en Madrid, Berlín o Buenos Aires. La cadena de efectos es implacable: especuladores en Londres, transportistas en Europa y consumidores en cualquier esquina pagan la factura de una frase lanzada en una suite de Washington.

Negociar y bombardear al mismo tiempo
La paradoja es que, mientras Trump dibuja invasiones, envía emisarios pakistaníes a Teherán. La diplomacia secreta avanza, según él, «favorablemente». El 6 de abril es la fecha límite: acuerdo o fuego sobre campos de pozos. «Nos quedan unos 3.000 objetivos —hemos bombardeado 13.000— y otros dos mil por atacar», detalló. El balance suena a lista de compras en un supermercado de destrucción.
Irán, por su parte, ha respondido con buques. Veceinte petroleros con bandera pakistaní cruzaron el estrecho de Ormuz la semana pasada, regalo que Trump interpreta como señal de rendición. «Nos dieron diez. Ahora nos dan veinte», celebró, como quien recibe caramelos. Asegura que el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, autorizó el envío. «Él fue quien autorizó los barcos para mí», dijo, posesivo.
La realidad es más cruda: Jamenei está muerto, parte del régimen también. Trump cree que eso basta para hablar de «cambio de régimen». «La gente con la que estamos tratando es un grupo totalmente diferente», afirmó. Pero en Kharg los misiles antibuque siguen apuntando al Golfo Pérsico y los marinos iraníes saben que una isla no se entrega sin disparar.
El reloj corre hacia el 6 de abril. En las pantallas de Nueva York, el Brent sube otro dólar. En la isla de Kharg, el viento trae olor a fuel. Y en algún despacho de Washington, un presidente calcula cuánto vale un país entero si lo desmantelas barriles a barriles.