Trump se plantea apoderarse de la isla petrolera iraní de kharg y el barril ya ronda los 116 dólares

Donald Trump acaba de cruzar la línea que separa la bravata de la orden de combate. En una entrevista con el Financial Times, el presidente de Estados Unidos habla sin rubor de «tomar» la isla iraní de Kharg, el corazón de las exportaciones de crudo de Teherán, mientras el Brent supera los 116 dólares y los mercados de energía tiemblan desde Estocolmo a Los Ángeles.

La isla que puede valer 3 millones de barriles diarios

Kharg no es un islote cualquiera: allí se embarca el 90 % del petróleo iraní. Trump lo sabe y, por eso, suelta la frase que nadie en la Casa Blanca se había atrevido a pronunciar desde 1953: «Tal vez tomemos Kharg, tal vez no. Tenemos muchas opciones». Detrás de esa ligereza late un despliegue de 10.000 soldados, 2.200 marines recién desembarcados y un portaaviones, el USS Abraham Lincoln, que ya lanza sus primeros cazas F-35 sobre el Golfo Pérsico.

El precio del crudo no espera a que termine la entrevista. El Brent abre el lunes en Asia con un 50 % de alza respecto al mes pasado; el WTI se acerca a los 110 dólares. En los mercados de Londres y Nueva York los traders hablan de «prima de ocupación» y repasan mapas de la costa iraní como si fueran pantallas de videojuego. La cifra habla por sí sola: cada día que pasa sin resolución, el mundo paga 3.000 millones de dólares más por su dosis de energía.

El guion venezolano que se repite en el golfo

El guion venezolano que se repite en el golfo

Trump deja caer que su modelo es la operación contra el petróleo venezolano de 2019: sanciones, buques interceptados y un capitán de la Marina haciendo guardia en una refinería de CITGO. Pero hay un detalle que nadie cuenta en la sala de prensa: irán no es Caracas. Kharg está a 25 km de la costa, defendida por baterías de misiles antibuque y por una flotilla de lanchas rápidas que el Cuerpo de los Guardianes de la Revolución entrena desde 1987 para el combate cuerpo a cuerpo en el estrecho de Ormuz.

El Pentágono estima que tomar la isla costaría entre 48 y 72 horas, pero el informe clasificado que circula por el Congreso avisa de un escenario «de guerrilla marítima» que podría alargarse meses. El mismo documento recuerda que el 30 % del gas natural licuado que calienta los hogares europeos pasa a 40 millas náuticas de Kharg. Un misil Hormuz-2 bien colocado y el precio medio del kw/h en Berlín se dispara antes de que cante un gallo.

¿Negociación o countdown?

¿Negociación o countdown?

Paradojas del realismo mágico en la política exterior: mientras Trump señala la isla con el dedo, emisarios paquistaníes llevan a Washington propuestas de Teherán. El presidente da un ultimátum: 6 de abril. Si no hay acuerdo, «ataques selectivos» contra infraestructura energética. En Teherán, la versión oficial sigue jurando que el ayatolá Ali Khamenei está «estable», aunque en los pasillos de la Mezquita de los Líderes se murmura que su hijo Mojtaba pasa las noches en un hospital de la capital con heridas de metralla.

El Financial Times no logra verificar los 20 petroleros paquistaníes que, según Trump, irán ya dejó salir por Ormuz. Pero el dato importa menos que la foto: un convoy de buques fantasma navegando bajo bandera de Islamabad es, en sí mismo, una concesión. El mercado lo interpreta como señal de que, por primera vez desde que estallaron los misiles, hay un resquicio en la puerta. El barril baja dos dólares en el cierre de la sesión asiática. Dos miserables dólares que, en este tablero, parecen una tregua.

El cronómetro sigue corriendo. El mundo acaba de descubrir que la frontera entre la sanción y la invasión se mide en grados de latitud y en centavos de dólar por barril. Mientras tanto, en la cubierta del Lincoln, los pilotos revisan sus mapas de vuelo y en la isla de Kharg los técnicos iraníes calculan cuántos días de resistencia dan los tanques de almacenamiento antes de quedarse sin espacio. La próxima semana decidirá si el petróleo vuelve a 70 dólares o si, por el contrario, compramos todos nuestra cuota de crude a 150 con la sensación de haber pagado un recargo por un capricho que nadie supo frenar a tiempo.